En estos tiempos en los que la IA ha invadido nuestro quehacer diario, en los que le prestamos a un ente digital nuestras rutinas, nuestros pensamientos y dificultades con la esperanza de que nos abra una puerta, me pregunto: ¿qué hago con el blog? Así, de forma personal, en primera persona y con todas las dudas del mundo. ¿Merece la pena seguir al pie del cañón?
Hay muchísimos tipos de blogs. Hay blogs únicos en los que encuentras un punto de vista muy emocional y experiencial. Hay otros que nos presentan destinos con guías fundamentales para vivirlos, disfrutarlos y conocerlos. Y luego están los que han ido pasando sin pena ni gloria, pero sí con la ilusión de sus creadores, siendo naturales, espontáneos y reales.
Lo que la pandemia y Google cambiaron en mi blog
El problema de la IA, del que siempre se pueden sacar oportunidades, en el caso de mi blog viene asociado a otras situaciones que han ido deteriorando mi interés por seguir escribiendo. Por un lado, me remontaría a hace cinco años, cuando la pandemia no solo nos quitó el abrazo con la familia, los viajes y muchas vidas, sino que nos impidió seguir creciendo. Todavía recuerdo las 35.000 visitas mensuales que tenía allá por el verano de 2019 o incluso en febrero de 2020. ¿Quién iba a visitar los post internacionales si no podíamos ni salir de Madrid? Y toda aquella magia de un blog que ya contaba con seis años y seguía creciendo se desvaneció.

Soy sincera: no he vuelto a conseguir ese número. Llegar a 25.000 visitas después del covid me ha costado muchísimo esfuerzo. Cuando por fin empezaban a paliarse los efectos dolorosos de la pandemia, llegaron las múltiples actualizaciones de los algoritmos de Google. Porque sí, estamos vendidos al monstruo… o no tanto últimamente, pero incluso peor. Entre 2022 y 2023 empezamos a sufrir los caprichos autoritarios de un jefe que te manda al final de la lista porque sí; porque, de repente, la creación de contenido está por debajo del nombre de la marca. Hubo un momento en que, cuando buscabas un destino, ya no encontrabas a los de siempre: las primeras posiciones estaban llenas de empresas como hoteles.com, Civitatis, etc. Que no digo yo que no hagan bien su contenido, pero no es lo que yo, usuaria de blogs, estaba buscando. Yo seguía esperando encontrarme a los Salta Conmigo, Chavetas o Molaviajar.
Menos mal que algo recuperamos: entre cambio y cambio hubo uno en concreto que nos favoreció bastante… pero, para aquel entonces, nos habíamos quedado en 5.000 visitas al mes. ¡Terrorífico! Imagínate la situación: llevas desde 2013 escribiendo y te encuentras con que en 2023 tienes siete veces menos tráfico que lo que tenías… ¿qué haces? Desmotivarte, sin lugar a dudas.

La IA responde y el lector no llega: ¿qué hacemos ahora?
Aunque 2024 fue un buen año, de mejora y de volver a números algo más positivos, llegó la amenaza de la IA. La gente pregunta y la IA responde: así, en un clic. Tu blog, tan informacional y tan SEO, se queda ahí, en la primera o segunda posición, sin que nadie llegue a él porque ya está la IA con su respuesta que, además, ha cogido de tu blog o del de tu compañero el input que el lector esperaba.
¿Y cómo cambiamos esa expectativa de inmediatez que tienen los lectores? ¿Hay lectores que se sigan parando a encontrar una respuesta más personal y menos inmediata que nos permita competir con la IA? Sí, o al menos eso espero, aunque con poca esperanza —valga la redundancia—. ¿Podemos sobrevivir a la IA? Por supuesto; hay solo dos o tres formas. Por un lado, aplicarla para mejorar nuestro contenido o para hacer contenido que nos posicione en las IAs. Por otro, siendo mucho más originales, porque lo que está claro es que el blog que no sea original, diferente o experiencial va a morir.
La única ventaja: experiencia, voz y emoción
Esa es nuestra ventaja: lo que la IA no sea capaz de interpretar y resumir bien; nuestra propia experiencia, los aprendizajes, las impresiones, las sensaciones. Porque eso es lo que un robot (o un programador, un redactor mal pagado creando contenido) no podrá nunca replicar. Es difícil, sobre todo para blogs como el mío, que seguramente no tienen nada de inspiracional aunque haya intentado ser completamente personal a lo largo de estos 13 años de vida.
Sin embargo, toda esta revisión histórica no es —al menos por sí sola— la explicación de lo que me pasa con el blog ahora mismo. El blog me encanta, siempre ha sido así. Lo quiero: es un hijo, una creación que ya ha entrado en la adolescencia y, como cualquier adolescente (que no tengo), estamos en un momento de conflicto emocional: ¿seré yo la que estoy con el pavo?
El blog me ha dado muchísimas cosas, sobre todo alegrías. Las penas han sido poco más que rabietas por no mejorar en el posicionamiento o no llegar a ser tan leída como me hubiera gustado. Alegrías me ha dado muchas: desde las personas que he conocido gracias a él hasta experiencias, viajes y muchísimos buenos ratos.

Pero ahora… no me siento ilusionada cuando escribo. Llevo meses en los que me cuesta sacar un post. Me encierro una tarde, intento montar dos o tres posts, los desarrollo el fin de semana y los programo para que no me echen de la asociación, poco más.
Y no es que no me apetezca escribir; más bien todo lo contrario. Durante todo 2025 he escrito ficción: tanto una novela como varios relatos y microrrelatos. En ellos he encontrado ese gusto por la escritura que con el blog estaba perdiendo poco a poco. He disfrutado como nunca de la escritura creativa, infinitamente más que de la puesta por escrito de mi experiencia en el blog. ¡Son dos procesos tan distintos! A lo largo de este año me ha costado horrores sentarme a organizar un post con un itinerario de viaje, buscar información sobre los horarios porque no había hecho la foto cuando estuve y, sobre todo, poner enlaces a sitios, hoteles, marcas…
Mientras tanto, escribo esas otras cosas con las que he recuperado la ilusión: me he apuntado a concursos, con toda la vergüenza y el respeto del mundo, esperando que alguien lea esas nuevas creaciones que son, en muchos casos, incluso más personales que el blog.
¿Y qué hago con Un blog de Palo? Pues no lo sé. Las asociaciones en las que estoy —porque me gusta estar en ellas; porque me encanta el movimiento asociacionista; porque tengo compañeros que merecen la pena y me sigue apeteciendo hacer cosas con ellos— me piden 15 posts al año. ¿Lo conseguiré en 2026? ¿Me apetece hacerlo? No lo sé… No quiero ver morir el blog, por supuesto que no, pero tampoco hay nada que me indique que el blog sirve para algo, que va a dar respuesta a alguien. Bueno, sí: las visitas… pero… ¿hay alguien ahí? ¿Todavía hay lectores al otro lado de la pantalla?

No lo voy a abandonar. No puedo. Un blog de Palo es parte de mi historia y, aunque ahora esté en una etapa rara, no quiero verlo desvanecerse. Eso sí: no sé si en 2026 voy a llegar a los números que se me piden. Y me cuesta decirlo, pero también me cuesta más forzarme a escribir cuando lo que realmente me está alimentando el alma es la ficción. En estos tiempos, es lo que necesito.
Quiero seguir, pero quiero hacerlo de otra manera: descubrir qué tiene que mejorar el blog para no perderse entre el contenido generado por IA, para seguir teniendo una voz propia en esta era que nos arrastra —sí, travolge, que en Italiano me gusta más porque a veces siento que nos arrastra— como una avalancha. No prometo ritmo, ni números, prometo lo que siempre he hecho ilusión, aunque sea en dosis más contenidas….
Y, sobre todo, me prometo a mí misma no desaparecer.




