Cruceros desde Barcelona, una de las mejores maneras de descubrir el Mediterráneo
Hay viajes en los que el destino lo es todo. Y hay otros donde el propio camino acaba convirtiéndose en una parte esencial de la experiencia. Siempre he sido de la opinión de que navegar pertenece a esta segunda categoría. Quizá porque el mar impone otro ritmo. Uno más pausado, más contemplativo. El horizonte cambia lentamente, las ciudades y puertos aparecen poco a poco en la distancia y el viaje comienza mucho antes de poner un pie en tierra.

Eso es precisamente lo que ocurre cuando uno decide embarcarse en alguno de los cruceros desde Barcelona. La capital catalana, convertida desde hace bastantes años en uno de los grandes puertos del Mediterráneo, abre la puerta a un itinerario donde el placer no consiste únicamente en descubrir nuevos lugares, sino también en disfrutar de todo lo que sucede entre uno y otro. Aquí no se trata únicamente de alcanzar ciudades tan fascinantes como Génova, Nápoles, La Valeta o Marsella. También importa el trayecto que las une. El Mediterráneo deja de ser una frontera para convertirse en el hilo conductor de una ruta en la que cada amanecer trae consigo un puerto distinto y una nueva historia por descubrir.
Hay que reconocer que viajar por el Mediterráneo tiene algo especial. Durante siglos estas aguas han unido culturas, imperios y civilizaciones. Fenicios, griegos, romanos o comerciantes venecianos compartieron rutas que hoy siguen conectando algunos de los destinos más fascinantes del sur de Europa. Contemplar ese mismo mar desde la cubierta de un barco ofrece una perspectiva completamente distinta de ciudades que muchos conocemos desde tierra.
En propuestas como los cruceros desde Barcelona de MSC Cruceros, el barco deja de ser un simple medio de transporte para convertirse en un compañero de viaje. Mientras durante el día llegan las escalas y los descubrimientos, cada tarde se recupera esa agradable sensación de regresar “a casa”, aunque esa casa navegue rumbo a un nuevo puerto.

Barcelona, el puerto que invita a comenzar un viaje de crucero
Pocas ciudades reúnen tantas ventajas para iniciar unas vacaciones. Barcelona cuenta con excelentes conexiones aéreas y ferroviarias, algo que facilita el embarque tanto a viajeros españoles como internacionales. Pero más allá de la logística, posee una cualidad difícil de explicar: transmite sensación de viaje incluso antes de zarpar.
Siempre merece la pena llegar con algo de tiempo. Y eso es algo que trato de no pasarlo por alto. Me gusta pasear por el Barrio Gótico, asomarme al barullo de Els Quatre Gats, perseguir a Gaudí en la Casa Batlló, tomar el aperitivo en La Barceloneta o simplemente sentarme junto al hervidero de Plaza Catalunya mientras sé que cuando llegue al puerto alcanzaré el estado mental con el que empiezan las mejores experiencias.

Y después llega uno de esos momentos que nunca dejan de emocionar: subir a bordo, instalarse en el camarote y observar cómo la ciudad comienza a alejarse lentamente. La silueta de Barcelona se va difuminando mientras el Mediterráneo se abre delante del barco y aparece esa agradable sensación de saber que durante los próximos días cada amanecer traerá un paisaje diferente.
Un viaje donde cada mañana comienza en un lugar distinto
Uno de los grandes atractivos de un crucero es la capacidad de enlazar destinos sin tener que preocuparse constantemente por la logística. No hay que buscar un nuevo hotel, hacer la maleta cada dos días o pasar horas en estaciones y aeropuertos. Mientras el barco navega durante la noche, el viajero descansa. Al despertar, un nuevo puerto espera al otro lado de la ventana. Ese sencillo detalle cambia completamente la forma de recorrer el Mediterráneo.
En pocos días es posible asomarse al ambiente provenzal de Marsella, caminar por el entramado de callejuelas de Génova, perderse entre las plazas monumentales de Roma, descubrir la fuerza volcánica de Sicilia o dejarse sorprender por la mezcla de culturas que define a Malta. Cada escala propone un escenario diferente, pero todas comparten un mismo hilo conductor: el Mediterráneo como nexo de unión entre pueblos con siglos de historia.
Ciudades que siempre merecen una parada
Hay destinos que forman parte del imaginario de cualquier viajero. Otros sorprenden precisamente porque llegan sin hacer demasiado ruido.
Marsella, por ejemplo, conserva ese aire de gran puerto abierto al mundo donde conviven mercados, barrios populares y la elegante silueta de Notre-Dame de la Garde dominando la ciudad desde lo alto.
Después aparece Génova, una ciudad que durante mucho tiempo quedó injustamente eclipsada por otros nombres italianos y que hoy recompensa a quien decide pasearla con calma. Su casco histórico, los antiguos palacios de los mercaderes y la constante presencia del mar recuerdan la importancia que llegó a tener como una de las grandes repúblicas marítimas del Mediterráneo.

En Roma la Historia se respira a cada paso. Tiene la rara capacidad de hacer que el tiempo se doble sobre sí mismo: un café frente a una plaza renacentista, el eco de unas sandalias imaginarias sobre los adoquines o la luz dorada del atardecer acariciando los muros antiguos. En Roma no hace falta buscar la belleza; aparece sola, a la vuelta de cualquier esquina, recordándote que hay lugares donde la historia no se conserva, sino que sigue respirando.

Nápoles cambia por completo el registro. Aquí todo parece suceder con mayor intensidad. El tráfico, las conversaciones, el aroma de las pizzerías, Maradona como un icono que vive en el corazón de los napolitanos o el bullicio de las plazas forman parte de una ciudad que se vive con los cinco sentidos. Desde aquí también resulta sencillo acercarse a lugares tan fascinantes como Pompeya o recorrer algunos de los paisajes más espectaculares de la Costa Amalfitana.

Sicilia ofrece otro cambio de escenario. Messina suele convertirse en la puerta de entrada a una isla donde la historia, la gastronomía y la omnipresente figura del Etna, uno de los volcanes activos más imponentes de Europa, dibujan un carácter muy diferente al del resto de Italia.
Y después llega La Valeta, probablemente una de las entradas por mar más bonitas del Mediterráneo. Las murallas levantadas por los Caballeros de San Juan continúan recibiendo al viajero exactamente igual que hace siglos, cuando los barcos llegaban buscando refugio en un puerto natural impresionante e histórico dentro de Europa.
Si el itinerario pasa del Mediterráneo al Atlántico para alcanzar, por ejemplo, Casablanca, el viaje adquiere además un matiz diferente y exótico. Basta un paseo por sus avenidas o una visita a la imponente Mezquita Hassan II para comprobar que Marruecos bien merece uno y mil viajes.

La libertad de descubrir cada escala a tu manera
Cada viajero entiende los destinos de una forma distinta. Hay quien disfruta improvisando, dejándose llevar por calles desconocidas hasta encontrar una plaza tranquila o un pequeño restaurante donde detenerse a comer. Otros prefieren aprovechar al máximo el tiempo y profundizar en la historia de cada lugar acompañados por un guía.

Una de las ventajas de este tipo de itinerarios es precisamente esa libertad. Es posible recorrer las ciudades por cuenta propia o elegir las excursiones organizadas que ofrece la naviera, especialmente útiles en aquellos puertos desde los que se accede a lugares situados a cierta distancia, como Roma desde Civitavecchia o Florencia y Pisa desde Livorno.

Al final, no existe una única forma correcta de viajar. Lo importante es regresar al barco con la sensación de haber aprovechado el día y con ganas de descubrir qué deparará la siguiente escala.
El Mediterráneo visto desde el mar
Hay una imagen que resume muy bien la esencia de un viaje como este: contemplar una ciudad desde cubierta mientras el barco abandona lentamente el puerto al caer la tarde.

Desde tierra solemos conocer los destinos caminando por sus calles. Desde el mar ocurre justo lo contrario. Primero aparecen las murallas, las fortalezas, los campanarios o las montañas que rodean la costa. Poco a poco la ciudad va tomando forma hasta convertirse en un lugar que, unas horas después, recorreremos a pie.
Y cuando llega el momento de partir, sucede el proceso inverso. Las luces comienzan a encenderse, el perfil urbano se hace cada vez más pequeño y el barco pone rumbo a un nuevo destino mientras el Mediterráneo recupera todo el protagonismo.

Son instantes sencillos, pero muchas veces terminan convirtiéndose en algunos de los recuerdos más intensos del viaje. Porque navegar también consiste en aprender a disfrutar de esos momentos de transición en los que no ocurre aparentemente nada… y, sin embargo, está ocurriendo todo.
Mucho más que un barco: un lugar donde seguir disfrutando del viaje
Existe una idea bastante extendida entre quienes nunca han hecho un crucero: pensar que el barco es únicamente el medio para desplazarse de un puerto a otro. Sin embargo, basta pasar unas horas a bordo para comprender que forma parte de la experiencia tanto como cualquiera de las ciudades del itinerario.

Después de una jornada caminando por las calles de Génova, descubriendo el legado romano o dejándose seducir por la personalidad de Malta, regresar al barco tiene algo de agradable ritual. Uno vuelve con la sensación de haber aprovechado el día y todavía queda tiempo para relajarse, tomar algo mientras cae la tarde o simplemente sentarse a contemplar cómo el horizonte cambia de color.
Cada viajero encuentra su propio ritmo. Hay quienes disfrutan buscando un rincón tranquilo desde el que leer con el mar como único paisaje. Otros prefieren aprovechar la piscina, asistir a alguno de los espectáculos nocturnos o prolongar la conversación alrededor de una mesa. Esa libertad para decidir cómo termina cada jornada es una de las grandes virtudes de este tipo de viajes.
En el caso concreto de MSC Cruceros, los barcos están concebidos para que cada pasajero encuentre espacios adaptados a su manera de entender las vacaciones. Familias, parejas o grupos de amigos conviven en un entorno donde siempre hay alguna propuesta distinta sin que ello reste protagonismo a la verdadera razón del viaje: seguir descubriendo el Mediterráneo.

Saborear el Mediterráneo, puerto a puerto
Una de las mejores formas de conocer un destino siempre ha sido sentarse a la mesa. La gastronomía habla de la historia de un lugar casi tanto como sus monumentos, y un itinerario por el Mediterráneo permite comprobarlo prácticamente cada día.

En Marsella aparecen los aromas de la Provenza. En Nápoles resulta casi imposible resistirse a probar una auténtica pizza napolitana. Sicilia sorprende con sus mercados, sus dulces tradicionales y esa mezcla de influencias que ha ido acumulando durante siglos. Malta combina recetas italianas, británicas y árabes con una naturalidad sorprendente, mientras que Casablanca invita a descubrir especias, tés y sabores completamente diferentes a los europeos.

El viaje continúa también cuando se regresa al barco. La oferta gastronómica a bordo permite seguir disfrutando de una cocina variada e inspirada en diferentes tradiciones, convirtiendo cada comida en una prolongación natural del propio recorrido. Siempre repetiré que viajar también consiste en descubrir el mundo a través del paladar y no sólo en tachar monumentos.

Elegir el itinerario perfecto
No todos los viajeros buscan lo mismo, y probablemente esa sea una de las razones por las que los cruceros desde Barcelona ofrecen propuestas tan variadas.
Hay quienes disponen únicamente de unos días y encuentran en los minicruceros de cuatro o cinco noches una magnífica forma de iniciarse en este tipo de viajes. Otros prefieren los itinerarios clásicos de una semana, posiblemente el formato más equilibrado para combinar navegación, descanso y visitas culturales.

Y para quienes desean dedicar más tiempo al mar, existen travesías de mayor duración que amplían el número de escalas y permiten descubrir con más calma algunos de los rincones más atractivos del Mediterráneo. Por ejemplo, de hasta 14 noches en los que se toca Marruecos o superiores, ya transoceánicos con destino América.
En realidad, la diferencia no está únicamente en el número de noches. Cada itinerario propone una forma distinta de entender el viaje. Algunos priorizan Italia; otros incorporan Malta o el norte de África. Lo importante es elegir aquel que mejor encaje con los intereses de cada viajero y dejar después que sea el propio Mediterráneo quien marque el ritmo. Aquí puedes consultar los distintos itinerarios de MSC Cruceros desde Barcelona.
Excursiones para descubrir mucho más que el puerto
Una de las preguntas más habituales entre quienes preparan su primer crucero tiene que ver con las escalas. ¿Es mejor recorrerlas por libre o participar en una excursión organizada? La respuesta, obviamente, depende del destino y también del estilo de viaje de cada persona.

Hay ciudades que invitan a perderse sin rumbo fijo, descubriendo plazas, mercados o pequeños cafés alejados de las rutas más conocidas. Otras, sin embargo, esconden algunos de sus grandes atractivos a cierta distancia del puerto.

Es el caso de Civitavecchia, puerta de entrada a Roma, una ciudad inabarcable que siempre deja la sensación de querer volver. También sucede en Livorno, desde donde muchos viajeros aprovechan para acercarse a Florencia o Pisa. En estos casos, las excursiones organizadas disponibles y reservables a través de la propia web de MSC Cruceros, ofrecen una alternativa especialmente cómoda para optimizar el tiempo y disfrutar de la visita con mayor tranquilidad, sin preocuparse por los desplazamientos o los horarios de regreso al barco.

Pero lo importante, una vez más, es adaptar cada escala a la forma de viajar de cada uno.
Un viaje pensado para disfrutar sin prisas
Vivimos tan acostumbrados a correr que, muchas veces, también acabamos viajando deprisa. Queremos verlo todo, llegar a todos los sitios y aprovechar cada minuto hasta el punto de olvidar que las vacaciones también deberían servir para bajar el ritmo. Quizá por eso un crucero resulte tan diferente.

Durante unos días desaparecen muchas de las pequeñas preocupaciones que suelen acompañar cualquier viaje: cambiar constantemente de alojamiento, reorganizar el equipaje o calcular el tiempo necesario para llegar al siguiente destino. Aquí, simplemente, todo fluye de otra manera. Cada mañana trae una ciudad nueva. Cada tarde devuelve el placer de contemplar el mar sin ninguna prisa. Y entre ambos momentos aparece esa agradable sensación de que el tiempo, por fin, vuelve a pertenecer al viajero.
¿Para quién es una buena idea un crucero por el Mediterráneo?
Si hace años muchas personas asociaban los cruceros a un perfil muy concreto de viajero, hoy la realidad es muy distinta. Por un lado, las familias encuentran una fórmula especialmente cómoda para descubrir varios países sin complicaciones logísticas y con propuestas a bordo pensadas para todas las edades. Las parejas, en cambio, disfrutan de un viaje que combina ciudades llenas de historia con momentos de tranquilidad frente al mar. Los grupos de amigos encuentran la posibilidad de compartir experiencias sin necesidad de coordinar continuamente desplazamientos o alojamientos. Y quienes nunca han realizado un crucero descubren una forma diferente de recorrer Europa que suele romper muchos de los prejuicios con los que embarcaron.
Quizá esa sea una de las mayores virtudes de este tipo de viajes: cada persona acaba haciéndolo suyo.
Algunos consejos antes de embarcar en un crucero por el Mediterráneo
- Como sucede con cualquier gran viaje, una pequeña planificación previa suele marcar la diferencia. Siempre que sea posible, merece la pena llegar a Barcelona el día anterior. No sólo reduce el estrés ante cualquier imprevisto durante el desplazamiento, sino que además permite disfrutar de una de las ciudades más interesantes del Mediterráneo antes de comenzar la travesía.
- También resulta recomendable revisar con calma el itinerario antes de reservar. Aunque todos comparten el encanto de navegar por el Mediterráneo, cada uno pone el acento en destinos diferentes y conviene elegir aquel que mejor responda a nuestras preferencias.

- Y si existe alguna excursión especialmente deseada o alguna experiencia concreta a bordo que no queremos perdernos, suele ser buena idea organizarlo con antelación para viajar con mayor tranquilidad.
- Preparar un equipaje versátil. Pues durante un mismo viaje pueden combinarse paseos urbanos, visitas culturales, momentos de piscina o cenas especiales. Llevar ropa cómoda junto con alguna prenda algo más elegante suele ser una buena idea, aunque en mi caso el último traje que me puse debió ser el de mi propia boda.
Por lo demás, el mejor consejo es probablemente el más sencillo: dejar espacio para la improvisación. Algunos de los mejores recuerdos de cualquier viaje suelen aparecer cuando uno se permite simplemente disfrutar del momento.

El Mediterráneo desde una perspectiva diferente
Hay muchas maneras de recorrer Europa. En coche, en tren, enlazando vuelos o improvisando una ruta sobre la marcha.

Pero navegar para mí añade un ingrediente que resulta difícil encontrar en cualquier otra forma de viajar: la posibilidad de contemplar el paisaje desde el mismo lugar desde el que, durante siglos, llegaron comerciantes, exploradores y navegantes.
Ver aparecer lentamente las murallas de La Valeta al amanecer. Alejarse de Barcelona mientras el sol cae sobre el horizonte. Despertar sabiendo que una ciudad completamente distinta espera al otro lado del camarote.

Son escenas sencillas, casi cotidianas para quien viaja en barco, pero capaces de quedarse mucho tiempo en la memoria.

Porque al final un crucero no consiste únicamente en visitar varios destinos durante unas vacaciones. Consiste también en disfrutar de ese tiempo suspendido entre puerto y puerto, cuando el Mediterráneo recupera el protagonismo y recuerda que, en realidad, el viaje nunca ha sido solo llegar.

Y quizá ahí resida buena parte de su atractivo. En descubrir que algunas veces el camino puede llegar a ser tan inolvidable como el propio destino.
Sele
+ En Twitter @elrincondesele




