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El observatorio Copernicus alerta de un nuevo récord de calor oceánico y del posible regreso de El Niño

Mapa del observatorio Copernicus sobre calor oceánico

Temperatura oceánica al borde de un nuevo máximo

Según el boletín mensual de Copernicus, la temperatura media global de la superficie de los océanos en marzo alcanzó los 20,97 ºC, una cifra que excluye las áreas polares para centrarse en las zonas donde las observaciones son más continuas y comparables en el tiempo.

Ese valor se sitúa apenas una décima por debajo del récord registrado en el mismo mes del año anterior, lo que confirma que el océano continúa acumulando calor de forma muy rápida. Lejos de ser un repunte aislado, se encadena con los tres últimos años, catalogados como los más calurosos de los que se tiene registro instrumental a escala planetaria.

Para Europa, este exceso de calor almacenado en el mar supone un factor de fondo clave: el océano actúa como un gigantesco reservorio de energía que condiciona las temperaturas del aire, la formación de borrascas, la intensidad de las lluvias y la duración de las olas de calor que afectan a países como España, Francia, Italia o Portugal.

Transición hacia un nuevo episodio de El Niño

Copernicus advierte de que la evolución reciente de las temperaturas oceánicas apunta a una probable transición hacia condiciones de El Niño. Este fenómeno natural se asocia al calentamiento a gran escala de las aguas del Pacífico ecuatorial, con efectos en cadena sobre el clima mundial que se extienden durante varios meses.

El episodio de El Niño más reciente, que se desarrolló entre 2023 y 2024, convirtió a esos dos años en los más cálidos jamás registrados. Con el sistema climático todavía marcado por ese exceso de energía, la posible activación de un nuevo evento similar genera inquietud en la comunidad científica.

La Organización Meteorológica Mundial (OMM), organismo de referencia en predicción climática, ya había señalado que la fase opuesta, La Niña —vinculada a temperaturas oceánicas más frescas— se está debilitando. A principios de marzo, la agencia de la ONU estimó en torno a un 40 % la probabilidad de que se configuraran condiciones típicas de El Niño antes de julio.

Este tipo de estimaciones no son una certeza, pero sirven de guía a los servicios meteorológicos europeos y nacionales, como AEMET en España, para afinar sus proyecciones estacionales. De confirmarse El Niño, podrían intensificarse episodios de calor, sequías o lluvias torrenciales en distintas zonas, dependiendo de cómo se acople el fenómeno con la situación atmosférica sobre el Atlántico y el Mediterráneo.

Impactos del calor oceánico: nivel del mar y fenómenos extremos

El exceso de calor absorbido por los océanos no se queda solo en las estadísticas. Cuando el agua se calienta, se dilata, lo que contribuye directamente a la subida del nivel del mar. Esta expansión térmica se suma al aporte de agua procedente del deshielo de glaciares y capas de hielo, amplificando el riesgo de inundaciones costeras.

En el entorno europeo, esta combinación se traduce en una mayor presión sobre las zonas litorales bajas, incluidas áreas muy pobladas de España, Francia, Países Bajos o Italia. Las mareas vivas, las borrascas intensas y los temporales mediterráneos tienen más fácil sobrepasar diques, paseos marítimos y sistemas de protección cuando el nivel medio del mar es más alto.

El calentamiento oceánico también refuerza las olas de calor marinas, periodos prolongados en los que la temperatura del agua se sitúa muy por encima de lo habitual. Estos episodios debilitan ecosistemas clave como los arrecifes de coral y los bosques de algas, y en el caso del Mediterráneo ya se han detectado impactos graves sobre especies sensibles.

A todo ello se añade un aumento en la intensidad de ciertos fenómenos meteorológicos extremos, como lluvias más torrenciales y ciclones más potentes en distintas regiones del planeta. Aunque la influencia exacta varía según la zona, los informes recientes señalan que el océano más cálido aporta energía extra a las tormentas, lo que puede derivar en episodios de daños más severos e inundaciones repentinas.

Entre la superficie terrestre y la marina, Copernicus sitúa el mes de marzo en el cuarto lugar entre los más cálidos desde que existen registros fiables, con una anomalía de alrededor de 1,48 ºC sobre la media del periodo preindustrial (1850-1900). Esa referencia histórica es la que se utiliza para valorar hasta qué punto el planeta se aleja de los objetivos de temperatura del Acuerdo de París.

El Ártico marca mínimos históricos de hielo marino

El boletín de Copernicus no solo se queda en el estado de los océanos; también confirma que la extensión del hielo marino del Ártico volvió a situarse este invierno boreal en valores mínimos históricos. La superficie helada registrada se mantiene en un nivel similar al récord del año pasado.

Estos datos coinciden con los análisis del NSIDC, un instituto estadounidense especializado en el seguimiento de las regiones polares, que ya había advertido de que el hielo ártico continúa perdiendo extensión y grosor. Menos hielo implica más agua oscura expuesta, que absorbe más radiación solar y se calienta con mayor rapidez, alimentando un círculo vicioso de deshielo y calentamiento adicional.

La evolución del Ártico está estrechamente ligada al clima europeo. Cambios en la distribución del hielo y en el contraste térmico entre el polo y las latitudes medias pueden afectar a la circulación atmosférica, alterando la trayectoria de borrascas y anticiclones que condicionan el tiempo en España y el resto del continente.

En los últimos años, distintos estudios han relacionado el debilitamiento del hielo marino con una mayor frecuencia de patrones meteorológicos persistentes, como olas de calor prolongadas o periodos de lluvias casi estacionarias, fenómenos que tienen un gran impacto económico y social en Europa.

El panorama que dibujan los datos de Copernicus, con océanos muy cerca de sus máximos de temperatura, riesgo de regreso de El Niño y un Ártico con hielo en mínimos, apunta a un sistema climático sometido a una fuerte presión. Para España y el conjunto de Europa, estas señales implican la necesidad de prepararse para veranos potencialmente más extremos, costas más vulnerables y episodios de tiempo adverso más intensos, mientras la comunidad científica insiste en que la reducción rápida de emisiones es clave para evitar que estos récords se conviertan en la nueva normalidad.

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