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La guerra de Irán dispara el giro hacia la energía nuclear en Asia y África

Energía nuclear en Asia y África

El conflicto en torno a Irán ha dejado de ser un asunto lejano de política internacional para convertirse en un golpe directo al sistema energético mundial. El encarecimiento del petróleo y el gas, sumado a los problemas en las rutas marítimas de suministro, está reconfigurando a toda velocidad las estrategias energéticas de Asia y África, con efectos que también se dejan sentir en Europa.

En ese escenario, numerosos gobiernos de ambos continentes están dando un giro decidido hacia la energía nuclear como escudo frente a futuras crisis de combustibles fósiles. Los países que ya disponen de centrales buscan exprimir al máximo sus reactores, mientras que aquellos sin experiencia nuclear aceleran planes que hasta hace poco parecían a muy largo plazo.

Un shock energético global con impacto en Europa

La guerra de Irán ha tensionado especialmente las rutas marítimas por las que circula el petróleo y el gas natural de Oriente Medio. Asia, principal destino de estos combustibles, fue la primera región en notar la sacudida, seguida de cerca por los países africanos con menor margen financiero para soportar subidas bruscas de precios.

El encarecimiento no se ha quedado en esos dos continentes: Estados Unidos y Europa también soportan un aumento sustancial de los costes energéticos, que se traslada a la industria, al transporte y al recibo eléctrico. Para la Unión Europea, que aún arrastra la crisis de suministro provocada por la guerra entre Rusia y Ucrania, este nuevo frente abre de nuevo el debate sobre la seguridad energética y la diversificación de fuentes.

En este contexto, la energía nuclear reaparece como opción de base firme y baja en emisiones para complementar a las renovables. Aunque la tecnología no ofrece una solución inmediata —el desarrollo de nuevas centrales puede llevar décadas—, las decisiones que se toman ahora condicionarán el mix energético futuro tanto en Asia y África como en el resto del mundo.

Organismos como la Agencia Internacional de Energía Atómica señalan que 31 países ya utilizan energía nuclear y que alrededor del 10% de la electricidad mundial procede de esta fuente, mientras que más de 40 Estados estudian activamente su incorporación. Esta tendencia se interpreta como un auténtico “renacimiento nuclear” impulsado por la inestabilidad de los mercados de gas y petróleo.

Por qué la nuclear vuelve a ganar peso

El atractivo renovado de la energía nuclear se entiende mejor si se compara con los combustibles fósiles. La fisión del uranio permite generar grandes cantidades de electricidad sin emitir dióxido de carbono durante la operación de la central, a diferencia del carbón, el petróleo o el gas, que contribuyen de forma directa al cambio climático.

Sin embargo, este avance conlleva desafíos conocidos: la actividad nuclear produce residuos radiactivos de larga vida y potencialmente peligrosos, cuya gestión segura y a largo plazo sigue siendo uno de los puntos más delicados. Además, el temor a accidentes graves y a un posible uso militar de la tecnología continúa presente en el debate público y político.

Expertas y expertos en políticas energéticas recuerdan que, aunque el interés por la nuclear crece, el desarrollo de nuevas centrales tarda años o incluso décadas. Por eso, varias voces subrayan que la prioridad inmediata para la seguridad energética debería ser ampliar la capacidad de energías renovables como la solar y la eólica, más rápidas de desplegar y cada vez más competitivas en coste.

Frente a estos argumentos, los defensores de la nuclear insisten en su papel como fuente de energía de base estable, capaz de suministrar electricidad de forma continua y predecible, algo especialmente valioso en sistemas eléctricos con redes débiles o gran dependencia de combustibles importados, como ocurre en buena parte de África y Asia.

Asia: más reactores y cambios de rumbo

Centrales nucleares en Asia y ÁfricaCentrales nucleares en Asia y África

Asia está en el epicentro del cambio. La región, que absorbía gran parte del petróleo y gas procedente de Oriente Medio, ha tenido que reaccionar con rapidez al bloqueo parcial de rutas clave como el estrecho de Ormuz. Las medidas de emergencia incluyen desde quemar más carbón hasta comprar crudo ruso, pero la apuesta de fondo pasa por reforzar la capacidad nuclear existente.

Corea del Sur ilustra este giro: el país está aumentando la producción de sus plantas nucleares y acelerando las tareas de mantenimiento en cinco reactores que estaban fuera de servicio, con el objetivo de reactivarlos en plazos muy cortos. Se busca así reducir la presión sobre las importaciones de gas y estabilizar los precios internos.

En Japón y Taiwán, la guerra de Irán está provocando un cambio de tono en sociedades muy marcadas por el recuerdo de Fukushima. Tokio ha revisado parcialmente su política de cierre de centrales y ha decidido reactivar el gigantesco complejo de Kashiwazaki-Kariwa, la mayor central nuclear del mundo, que llevaba años paralizado por motivos de seguridad.

Además, el Gobierno japonés ha firmado un acuerdo multimillonario con Estados Unidos para nuevos reactores y otro con Francia para reciclar combustible nuclear usado, al tiempo que promete cooperación en este campo con países del sudeste asiático como Indonesia. Todo ello se produce mientras la opinión pública, golpeada por el alza de precios, se muestra algo más receptiva al uso de la nuclear como respaldo de las renovables.

Taiwán, por su parte, estudia el complejo proceso de poner de nuevo en marcha dos reactores que habían sido cerrados. La eventual reapertura exigiría inspecciones técnicas exhaustivas, revisión de sistemas de seguridad y un intenso debate político interno, pero la presión energética actual ha devuelto el asunto al primer plano de la agenda.

Nuevos proyectos nucleares en el sur y el sudeste asiático

Más allá de las economías avanzadas del este de Asia, la crisis energética ha generado un impulso adicional a proyectos nucleares en países emergentes del sur del continente. Varios de ellos ven en la fisión una manera de reducir cortes de suministro y depender menos del gas importado.

Bangladesh está acelerando la entrada en operación de reactores construidos por la empresa estatal rusa Rosatom. El objetivo del Gobierno de Daca es que una parte de esa nueva capacidad pueda aportar alrededor de 300 megavatios a la red nacional en los próximos meses, lo que ayudaría a mitigar la escasez de gas y los frecuentes apagones.

Vietnam también se mueve en esta dirección. En marzo, el país firmó un acuerdo con Moscú para desarrollar dos reactores de diseño ruso, dentro de una estrategia más amplia de diversificación de su matriz energética, que combina el rápido crecimiento de las renovables con nuevas fuentes de generación de base.

Filipinas, que ha llegado a declarar una emergencia energética nacional por la gravedad de los cortes de luz y los altos precios, está revisando de nuevo la posibilidad de activar una central nuclear construida tras la crisis del petróleo de los años setenta pero que nunca llegó a operar. Expertos locales señalan que la guerra de Irán está funcionando como un “aviso serio” para retomar la cuestión nuclear con mayor pragmatismo.

En conjunto, el continente asiático muestra un patrón claro de mayor apertura hacia la energía nuclear, aunque con matices: mientras algunos países la consideran una pieza central de su estrategia, otros la ven como un complemento temporal mientras se refuerzan redes y se amplía el parque renovable.

África acelera sus ambiciones atómicas

En África, los efectos de la guerra de Irán se perciben en forma de subidas de precios y cortes eléctricos recurrentes, especialmente en las economías más dependientes de combustibles fósiles importados. Esta situación ha reactivado los planes nucleares de más de 20 países africanos que, hasta ahora, avanzaban con cautela.

El continente se ha convertido en un mercado prioritario para las grandes potencias nucleares. Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Corea del Sur compiten por posicionar sus tecnologías, con especial protagonismo de los llamados reactores modulares pequeños (SMR), vistos como una alternativa menos costosa y más flexible que las grandes centrales convencionales.

Estos SMR se diseñan para ser más compactos y escalables, adaptándose mejor a redes eléctricas frágiles y a países con sistemas de transmisión limitados. Sus defensores sostienen que permiten desplegar capacidad nuclear por fases y con menores inversiones iniciales, aunque reconocen que los plazos de desarrollo siguen siendo largos.

Kenia es uno de los ejemplos más citados: el país lleva años trabajando en un programa nuclear que prevé poner en marcha un reactor modular pequeño a mediados de la próxima década, tras haber iniciado la planificación a finales de la década de 2000. Para las autoridades kenianas, la nuclear ha pasado de ser “un sueño lejano” a considerarse una “necesidad estratégica” para asegurar el suministro y reducir costes.

Ruanda también ha dado pasos visibles. Durante una cumbre organizada por el organismo nuclear de la ONU, su presidente, Paul Kagame, destacó que África podría convertirse en uno de los mercados globales más importantes para los SMR en los próximos años, dado el rápido crecimiento de la demanda eléctrica y la necesidad de alternativas al diésel importado.

Sudáfrica y la competencia entre potencias por el liderazgo nuclear

Sudáfrica ocupa un lugar singular en el mapa africano, al ser el único país del continente que ya opera centrales nucleares comerciales. El Gobierno pretende que la nuclear pase de representar alrededor del 5% de su mezcla eléctrica actual a cerca del 16% hacia 2040, combinando la ampliación de la capacidad existente con nuevos proyectos, incluidos SMR avanzados.

Responsables de la Corporación de Energía Nuclear de Sudáfrica han señalado que los reactores modulares podrían situar al país a la vanguardia de las tecnologías nucleares avanzadas en la región, al tiempo que contribuyen a estabilizar un sistema eléctrico muy tensionado por años de falta de inversión y apagones programados.

En paralelo, África se ha convertido en escenario de una competencia abierta entre Estados Unidos y Rusia por ganar influencia a través de la cooperación nuclear civil. Rosatom, la agencia estatal rusa, construye el primer gran reactor de Egipto y mantiene acuerdos con países como Etiopía, Burkina Faso, Ghana, Tanzania o Níger, que abarcan desde proyectos de generación hasta centros de investigación y formación de personal especializado.

Estados Unidos, por su parte, intenta recuperar terreno con iniciativas centradas en la promoción de reactores modulares pequeños seguros. Washington y Seúl organizaron recientemente una conferencia nuclear en Nairobi para presentar propuestas conjuntas, mientras que países como Kenia y Ghana se han adherido a programas de colaboración sobre SMR impulsados por la parte estadounidense.

Ghana aspira a iniciar la construcción de su primera planta nuclear a finales de esta década y busca activamente socios tecnológicos internacionales. La idea es complementar su mix renovable con una fuente de base que reduzca la exposición a los precios internacionales del combustible y refuerce el sistema eléctrico frente a futuras crisis.

Seguridad, residuos y vulnerabilidad en conflictos

El avance de la energía nuclear en Asia y África convive con preocupaciones persistentes sobre la seguridad. Organizaciones ecologistas y parte de la comunidad científica advierten de que los riesgos de accidentes graves, mala gestión de los residuos o desvío de materiales a programas militares no han desaparecido.

Algunas voces críticas subrayan que la nuclear mantiene a los países dependientes de materiales importados como el uranio enriquecido, lo que en la práctica puede sustituir una dependencia (del petróleo o gas) por otra de distinta naturaleza. También recuerdan que la construcción de centrales suele estar rodeada de sobrecostes, retrasos y controversias políticas.

En un plano más geopolítico, especialistas en seguridad energética alertan de la vulnerabilidad de las instalaciones nucleares en contextos de guerra. Los recientes ataques o tensiones en torno a centrales durante conflictos como la guerra entre Rusia y Ucrania, o los episodios vinculados a la guerra de Irán, han puesto de manifiesto que las infraestructuras nucleares pueden convertirse en objetivos militares o instrumentos de presión.

Ante este escenario, hay expertos que recomiendan a los gobiernos priorizar la expansión acelerada de renovables combinada con mejoras en almacenamiento eléctrico y redes inteligentes. Argumentan que, dado el tiempo necesario para poner en marcha nueva capacidad nuclear, centrar los esfuerzos en solar, eólica y otras tecnologías limpias permitiría reforzar la seguridad energética con menos riesgos tecnológicos y geopolíticos.

Otros analistas, sin embargo, plantean que el contexto actual de precios volátiles, crisis de suministro y mayor tensión geopolítica hace difícil renunciar a ninguna opción de generación baja en carbono, incluida la nuclear, siempre que se respeten estándares estrictos de seguridad y transparencia.

En este nuevo tablero, la guerra de Irán está actuando como un catalizador que acelera decisiones largamente postergadas en Asia y África y que también obliga a Europa a repensar su estrategia energética. El resultado es un mundo en el que la seguridad de suministro y la diversificación tecnológica vuelven a estar en el centro del debate, con la energía nuclear ganando protagonismo, pero acompañada de dudas y retos que los gobiernos deberán gestionar durante las próximas décadas.


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