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Ruta en Angola, lugares y claves de una gran aventura

El cómo se reacciona ante la adversidad puede llegar a ser más importante que la adversidad en sí misma. Del movimiento posterior a lo acontecido nace la fuerza, el motor. Y, si un país de África puede hablar de resiliencia y una capacidad innata para mirar hacia adelante y mostrarse poderosamente atractivo, ese es Angola. Germinó entre contrariedades, convirtió en cotidiano lo improbable e irrigó la tierra roja con sus propias lágrimas hasta hacerla florecer de nuevo. Dejó atrás la penumbra de un mapa cargado de incógnitas para exhibir un territorio de una gran diversidad geográfica, étnica y cultural el cual, puedo asegurar, sorprenderá a los espíritus más viajeros. De las selvas más profundas con cataratas que rugen a perpetuidad como Kalandula a una línea kilométrica de dunas que se abrazan con el oleaje del Atlántico más salvaje y visceral. En Angola el desierto del Namib discurre por el suroeste como una frontera con otras regiones, mientras que entre los ríos Kwanza, Curoca, Cunene o el mítico Kavango surgen más de medio centenar de grupos étnicos los cuales se aferran con la yema de los dedos a sus tradiciones más atávicas, convirtiendo a este país en uno de los más interesantes de África desde un plano antropológico. Dejarse llevar por sus carreteras y pistas, a menudo invisibles, se convierte, por tanto, en una aventura a la que algunos acudimos con los ojos tapados con una venda para después dejarla caer y contemplar sin filtros un sinfín de maravillas de las que nadie, o casi nadie, nos había hablado antes.

Cascadas de Kalandula, uno de los mejores sitios que ver en Angola e incluir en una ruta de viaje

Tras dos semanas recorriendo Angola, entre pistas de tierra, polvo rojo y trayectos donde el tiempo parece dilatarse sin previo aviso, he ido anotando lo esencial: lugares que sorprenden, momentos y gentes que se quedarán para siempre conmigo y, cómo no, las dificultades que forman parte de un viaje de este tipo. ¿Qué ver en Angola en una primera incursión? ¿Qué esperar en un territorio tan imprevisible como fascinante? Aquí van algunas notas, consejos y sensaciones de un destino exigente, poco contado y con una capacidad enorme para dejar huella.

“Angola es un renacer vibrante, donde la energía inagotable de su gente y la inmensidad de sus paisajes te recuerdan que el futuro se construye con esperanza y alegría.”

Tabla de Contenidos

ANGOLA, EL DESPERTAR DEL GIGANTE

De Angola se ha hablado mucho acerca de su pasado reciente, de un último cuarto de un siglo XX donde la realidad se desbordó de sombras y caos. Obras maestras como “Un día más con vida” de Ryszard Kapuściński o “Estación de lluvias” de José Eduardo Agualusa muestran apenas un ápice de un país que se convirtió en el ring de otras naciones que jamás pisaron suelo africano para poner a sus peones en busca de un jaque mate tan global como carente de sentido. Una tierra que ya venía de padecer siglos de colonización portuguesa en la cual habían sido arrastrados hacia América millones de seres humanos a quienes se despojó de memoria, identidad y dignidad, convirtiéndose en el territorio donde la esclavitud hizo más mella dentro del continente africano. Y que, tras ser por fin una nación independiente, pasó a ser una de las tristes protagonistas de la Guerra Fría proyectando ambiciones ajenas en un lugar donde la gente lo único que deseaba era salir adelante.

Imagen de Ilha dos Tigres (Isla de los Tigres) en Angola

Hoy día, después de caminar por un terreno más estable e ilusionante, vemos a Angola como un país que se reconstruye a sí mismo mientras avanza y mira hacia adelante sin borrar del todo sus cicatrices. Sería en ese frágil equilibrio donde los visitantes nos topamos con una de las experiencias más auténticas y gratificantes que aún se pueden vivir en África. Porque ahora las fotos en blanco y negro lo son a todo color, dejándonos vislumbrar al  fin esa belleza que nunca desapareció de Angola y que esperaba a ser descubierta. Así que en este escrito, dedicado a esas almas viajeras deseosas de admirar rincones que merecen la pena, no vais a encontrar nada de la batalla de Cuito Cuanavale ni otros episodios del conflicto más prolongado en el continente. Para ello, sin duda, existen crónicas elaboradas por grandes reporteros así como multitud de libros dignos de estar en cualquier biblioteca que se precie. Aquí pretendo mostrar esos lugares, gentes y momentos que engrandecen un viaje a Angola y, en definitiva, el despertar de este gigante del África Austral. Ha llegado el momento de reaprender sobre los muchos secretos que aguardan a quienes deseen embarcarse en un viaje como este, de los de tracción a las cuatro ruedas, danzas tribales que surgen de manera espontánea junto a la hoguera, un collage de paisajes delirantes y la brisa del mar arropando a un desierto infinito.

Cormoranes volando en la Baía dos Tigres (Angola)

¿Por qué viajar a Angola? Ingredientes con los que elaborar un viaje delicioso

  • Un auténtico desconocido: Angola sigue siendo, en muchos sentidos, un territorio por descubrir. No está maleado por el turismo, ni saturado de itinerarios repetidos. Eso significa que quien viaje a este destino aún tiene margen para la sorpresa, para la improvisación y para saciar el sentido de la exploración.

Rocas en el Cañón de Curoca (Angola)

  • Un país de una variedad paisajística extrema: Se puede calificar a Angola como una suma de mundos distintos. Desde la costa atlántica salvaje con uno de los desiertos más vastos y fascinantes del mundo hasta el interior más rural y remoto, pasando por selvas exuberantes y ciudades en plena transformación.

Cascadas de Kalandula en Angola

  • Un mosaico de tribus y culturas diferentes: Con más de cincuenta etnias diferentes, Angola se considera un destino etnográfico de primer nivel. Posee una diversidad tremenda. Aunque para nada se trata de un país de etnografías rígidas o compartimentos estancos, sino un espacio donde todas estas identidades conviven, se mezclan en ciudades, pueblos y mercados.  Aquí la cultura y la tradición animista no es un decorado, sino una realidad de lo más cotidiana.

Mujeres hakaona y tua (mucawana y mutwa) en el área de Oncocua (Angola)

  • Cada carretera, si la hay, te traslada a toda una aventura: Moverse por Angola no es un simple desplazamiento sino una experiencia en sí misma. Las distancias, el estado de las vías y los tiempos imprevisibles convierten cada trayecto en una pequeña aventura, donde el paisaje y la paciencia van de la mano. Como, por ejemplo, la travesía a la Baía dos Tigres, donde se depende para acceder de las mareas, el oleaje, los tiempos, la pericia y, cómo no, la suerte.

La no carretera de Baía dos Tigres es una de las travesías más brutales de todo Angola

  • Un país de gente amable (y habla portuguesa): Si bien el carácter angoleño no es efusivo de primeras y no te abracen nada más llegar, jamás deja de abrirte la puerta. Hay una hospitalidad tranquila, sin artificios, que se nota especialmente fuera de los circuitos urbanos. El ambiente suele ser bastante relajado y, además, que sea un país de habla portuguesa siempre ayuda, ya que hablando “portuñol” entre todos nos podemos entender con cierta facilidad. Y ya se sabe que entender la lengua permite dejar atrás no pocas barreras.

Mujer hakaona en una aldea de Oncocua (Angola)

  • Existe una Angola para cada tipo de visitante: Los avances que han ido aconteciendo este país son notables, lo que permite que se den ciertas infraestructuras hoteleras mucho mejores de lo que cabría esperar. Por lo que, aunque a muchos nos vaya la aventura y podamos preferir rutas más complejas y acampar en lugares extraordinarios, existen en los principales núcleos de población bastantes alojamientos con unos estándares de calidad ciertamente interesantes que permiten gozar de ciertas comodidades. Aunque, por supuesto, eso implique no poder hacer determinadas zonas del país (como las etnias del sur a orillas del río Cunene o la ya mencionada Baía dos Tigres). Lo mismo sucede en cuanto a restaurantes, donde la gastronomía local, con gran importancia al producto de kilómetro cero o del día a día y con ciertos influjos de la cocina portuguesa, permite salirse muy a menudo del pollo con arroz y frijoles y probar buenos platos cuyo peso está en la materia prima.

Caminando en las dunas del desierto del Namib con el océano de fondo (Baía dos Tigres, Angola)

Angola no es un destino ni mucho menos fácil, pero en absoluto hostil. Simplemente pide a quien viaje por él cierta implicación, entender sus ritmos, aceptar sus imperfecciones y moverse con respeto y cierta previsión y preparación. A cambio, ofrece algo que cada vez cuesta más encontrar: autenticidad sin maquillar. Y una serie de bellezas que justifican por completo la idea acertada de viajar a Angola y vivir algo realmente único.

Grafiti de Angola

¿Qué ver en Angola? Hoja de ruta de nuestro viaje

Existen muchos tipos de viajes a Angola. Unos con el objetivo de conocer cuantas más tribus posibles, mejor. Otros más enfocados a paisaje, sobre todo a la zona del desierto del Namib. También los hay donde las bases tienen lugar dentro de los núcleos urbanos y no se prescinde en ningún momento del confort. Pero, para este viaje de autor preparado para abril de 2026 , diseñado mano a mano con Muafrika, expertos en Angola, buscamos planificar y ejecutar un recorrido muy ambicioso de dos semanas donde la diversidad y heterogeneidad fuesen la clave.

Imagen aérea de humedales de Angola

Queríamos elaborar un itinerario que contase con paisajes muy variados, conectar con algunos de los grupos étnicos más interesantes, adentrarnos con los 4×4 por lugares inaccesibles de otro modo, acampar en escenarios naturales asombrosos pero sin prescindir de alojamientos cómodos allá donde fuese posible. Aunque, si algo teníamos claro, es que priorizaríamos la experiencia por encima de todo, dejando además espacio para la improvisación, lo que nos permitiría a posteriori hacer más rincones de los ideados, como así fue finalmente.

Pedro Cunha en unas cuevas rupestres de Caraculo (Angola)

Y, cómo no, teniendo muy claro que las distancias entre puntos, ya sea en Angola o casi en cualquier país del África, no se rige en los tiempos que dicta Google Maps ni mucho menos. Pues ahí entran las variables del estado de la vía, las posibles (e inevitables) averías o posibles pinchazos de neumáticos en los vehículos todoterreno, la pericia de los conductores y la necesaria agilidad y disposición de los viajeros y viajeras que forman parte de una expedición de este tipo.

Miradouro da Lúa (Mirador de la luna), situado a 40 kilómetros de Luanda (Angola)

Donde sí puede venirnos bien Google Maps en estos momentos es a la hora de plasmar en un mapa todos los lugares que pudimos visitar en Angola y, de los cuales, haré una breve explicación de cada uno de ellos en estricto orden de visita:

Lugares visitados en Angola (por orden): LUANDA – Lubango – Acantilados de Tundavala – Kimbo de la etnia muhíla – área de Oncócua (aldeas hakaona, himba y tua) – Lubango – Mirador de Serra da Leba – Asentamiento Ngendelengo – Pinturas rupestres de Caraculo – Namibe – Praia do Soba – Faro y piscinas naturales de Piambo – Baía dos Tigres (e Ilha dos Tigres) – Tômbwa – Cañón de Curoca – Los arcos y zona de Welwitschia Mirabilis – Namibe – Luanda – Pedras Negras de Pungo Andongo – Cascadas de Kalandula – Luanda Sur (Museo esclavitud y Mercado de artesanía), Barra de Kwanza – Miradouro da Lúa – aeropuerto internacional de Luanda – FINAL DEL VIAJE.

Aquí os dejo el enlace a un mapa mucho más completo y específico con el trazado total con GPS que ha elaborado uno de nuestros viajeros, Pedro Pastor, a quien le agradezco haber elaborado esta auténtica joya con la hoja de ruta del viaje a Angola: VER MAPA.

El grupo del viaje ante una Wewitschia Mirabilis en Angola

¿Es el mejor itinerario posible en Angola para 15 días? Si no lo es, está muy cerca, la verdad. Seguro que sí se trata de un itinerario variado con muchos de los imprescindibles que ver y hacer en Angola, sobre todo planteado para una primera vez en este país lusófono de África.

Pedras Negras de Pungo Andongo (Angola)

A continuación, vamos a ir desgranando uno por uno todos estos sitios mencionados y que hicimos en ruta, aportando algunas notas, comentarios y consejos:

Luanda, la capital de los contrastes en Angola

Tan inevitable como esperada. Tal como suele suceder en buena parte de las super pobladas capitales africanas, no suele estar entre las razones primordiales por las que los visitantes escogen viajar al país. Pero, aún así, conviene agarrarse a ciertos lugares interesantes en esta ciudad fundada en 1576 por el explorador portugués Paulo Dias de Novais. Una urbe bastante marcada por una etapa colonial dramática donde la esclavitud, junto al tráfico de marfil, marcó la historia de esta tierra. Se calcula que en torno a seis millones de personas fueron llevadas como esclavas a países de América, sobre todo Brasil, triplicando incluso las cantidades estimadas en Ouidah (Benín) y otros puertos de África Occidental. De ahí que las principales actividades económicas de este territorio dividido en varios reinos pero controlado por Portugal, necesitara de una gran bahía como es la de Luanda, ideal para las aspiraciones lusas hasta la independencia angoleña obtenida definitivamente el 11 de noviembre de 1975.

Catedral del Salvador en Luanda (Angola)

Luanda es una ciudad de contrastes intensos, donde la modernidad emergente se entrelaza con la arquitectura colonial superviviente. Asomada al Atlántico, la capital angoleña despliega un collage desordenado de fachadas con rascacielos, avenidas caóticas y un ritmo vibrante que no permite tregua alguna. El paseo marítimo de la Marginal quizás sea el escaparate más reconocible y cosmopolita de la capital, muy alejado de las musseques o barrios de chabolas que también forman parte de una ciudad que aglutina modernísimos rascacielos, edificios de hormigón de los años setenta de cierta influencia brutalista y coquetas construcciones de la época portuguesa. Esa mezcla es parte de la esencia de una ciudad que no deja de crecer a ritmo de semba y kizomba.

Sede del Banco Nacional de Angola en Luanda, uno de los edificios más característicos

En la Fortaleza de São Miguel, desde donde se obtienen además algunas de las mejores vistas de la bahía, se puede sentir el peso de la Historia de esta ciudad. Un fuerte de gruesos muros pintados de amarillo hace las veces de museo para conocer mejor lo que es Angola y algunas particularidades de su pasado, tanto de siglos atrás como reciente. En su interior exhibe desde libros antiguos a aviones militares del enemigo. Interesantes son las paredes interiores con azulejos típicos portugueses con motivos africanos como kimbos (aldeas), la rica fauna que un día atesoró el país o personajes históricos como la reina Ginga. Muy cerca, la Ilha do Cabo ofrece una escapada distinta, con playas urbanas, restaurantes y bares donde se mezcla la élite local con viajeros curiosos (existen varios hoteles casi a pie de playa). Aquí el tiempo parece relajarse frente al mar, en contraste con el bullicio del centro.

Fortaleza de São Miguel en Luanda (Angola)

He aquí otros sitios recomendable de la capital si se va a pasar un tiempo en ella:

  • Palácio de Ferro: Una casa estilo colonial forjada en hierro por la escuela de Gustave Eiffel aunque, hay quien asegura que su diseño fue elaborado por el propio arquitecto francés. De inconfundibles filigranas, paredes amarillas y un coqueto jardín, este edificio fue restaurado después de años de absoluto abandono, acogiendo en la actualidad múltiples exposiciones y eventos culturales, convirtiéndose en un símbolo inesperado del patrimonio histórico de Luanda.

Palácio de Ferro en Luanda (Angola)

  • Museu Nacional de Antropologia (Museo Nacional de Antropología): Fundado en 1976 en un palacio de la época colonial, permite conocer más sobre los muchos pueblos que jalonan el territorio angoleño. Interesante para los amantes de las tribus, con artefactos de todo tipo (máscaras incluidas) y fotografías de las distintas etnias. Cierra los domingos y, lamentablemente, nosotros no pudimos dedicarle una visita.

Museo Nacional de Antropología en Luanda (Angola)

  • Museu Nacional da Escravatura (Museo Nacional de la Esclavitud): Situado en Morro da Cruz, al sur de la ciudad de Luanda, muestra a los visitantes algunos detalles sobre el tráfico de esclavos que sufrió esta ciudad durante la época colonial. Y lo hace desde la antigua capilla de una casona colonial de Álvaro de Carvhalho Matoso, reconocido comerciante de esclavos durante el siglo XVIII, lugar escogido para bautizar a estas personas despojadas de su hogar antes de partir hacinados en barcos negreros hacia el otro lado del Atlántico, mayoritariamente Brasil.

Escultura de un esclavo en el Museu Nacional da Escravatura (Museo Nacional de la Esclavitud) de Angola en la capital, Luanda.

  • Mercado do artesanato (Mercado de artesanía): Justo al Museo Nacional de la Esclavitud se encuentra uno de los mejores mercados de artesanía en el suroeste de África. Con tallas y máscaras africanas tanto de Angola como, sobre todo, de la vecina República Democrática del Congo. Buen material para coleccionistas, siendo muy interesante los objetos de la etnia Tchokwe, quizás la más prolífica de toda Angola (en la foto podréis ver dos máscaras que me llevé conmigo). Se debe solicitar el sello de dónde han sido comprados los objetos, porque pueden solicitárnoslo en el aeropuerto a la hora de abandonar el país. También venden souvenirs, las típicas telas de estampados, camisetas o lienzos. Ni que decir tiene, que aquí se regatea. Y mucho.

Estas dos máscaras tchokwe que compré en el Mercado de artesanía me las llevé conmigo a casa.

Más allá de sus atractivos visibles, Luanda se comprende mejor a través de la gente. Y siendo conscientes de que posee una capacidad magistral por reinventarse y mirar hacia adelante tras décadas de guerra civil. No se trata de una ciudad complaciente, la cual además exige cierta paciencia. Con distancias largas entre sí, un tráfico complicado y unos contrastes sociales demasiado evidentes como para pasarlos por alto.

Calle del casco histórico de Luanda (Angola)

Normalmente en un viaje a Angola, Luanda suele suponer el principio y el fin del viaje, y no se le suele dedicar demasiado tiempo ya que, siendo sinceros, los atractivos más potentes del país no se hallan precisamente en ella. Pero atención a un par de lugares cercanos que comentaré a continuación, pues pueden darle un toque diferente a la estancia en la capital angoleña.

Estrella de Angola en la Fortaleza de Sao Miguel

Miradouro da Lúa (Mirador de la luna)

A casi cincuenta kilómetros al sur de Luanda existe un mirador (que en abril de 2026 estaba aún en obras, pero aún así pudimos acceder) privilegiado a uno de los paisajes de erosión más bellos de todo el país. El mirador de la luna se explica mediante un paisaje de semblante “extraterrestre” donde la arenisca, la caliza y el limo, con estratos bien diferenciados y una coloración que vuelve a estos pináculos especialmente fotogénicos al amanecer y con la puesta de sol. Blancos, ocres, rojos pintan un barranco que se asoma al océano con una transición de pastos y baobabs que completan este espectáculo visual.

Miradouro da Lúa (Mirador de la Luna) a las afueras de Luanda, Angola.

No parece extraño que resulte el lugar más visitado de Angola, dada su cercanía a Luanda. Está junto a la carretera del sur que une la capital con Barra do Kwanza, el Parque Nacional de Quiçama (Kissama) y el Cabo Ledo, por lo que es de notable tránsito, sobre todo en fines de semana.

Sele en el Miradouro da Lua (Mirador de la Luna), el lugar más visitado de Angola y a pocos kilómetros de Luanda capital.

Detalle del Miradouro da Lúa en Angola

Barra do Kwanza, manglares en la desembocadura del río más popular de Angola

El río Kwanza (en portugués Cuanza) nace en la meseta de Bié fluyendo por Angola hasta el Atlántico a lo largo de 965 kilómetros, siendo el primero en cuanto a longitud de los muchos ríos importantes que atraviesan íntegramente el país. Los hay más largos que pasan por este territorio, por supuesto, como el mítico Okavango o el Cunene, pero tocan otros países, de ahí que el Kwanza sea todo un símbolo para los angoleños. Lo sienten tan propio que da nombre a la moneda local, por lo que pagar en kwanzas es parte de la idiosincrasia de este país. Pues bien, este gran río desemboca a unos setenta kilómetros al sur de Luanda, generando un sistema de manglares y marismas de gran valor ecológico y que se conoce como Barra do Kwanza. Un lugar excepcional para los aficionados a las aves, pudiéndose dar un paseo en barca e incluso hospedarse a los pies del río, a pesar de los mosquitos a última hora de la tarde.

Muelle en Barra do Kwanza (Angola)

Tanto Barra do Kwanza como el Miradouro da Lúa los pudimos disfrutar el último día del viaje, combinándolos con el museo de la esclavitud y el mercado de artesanía.

Garza en la Barra do Kwanza (Angola)

El Parque Nacional Quiçama (Kissama), el safari accesible

Antes de la Guerra Civil de Angola, este era un país con una cantidad y variedad de fauna que superaba a las vecinas Zambia, Botswana y Namibia. Y se llevaban a cabo viajes de safari de primer nivel. Pero casi treinta años de conflicto sirvieron para esquilmar buena parte de la fauna presente en el país, tanto por la caza de subsistencia como por el aprovechamiento por parte de los traficantes de animales y marfil. En los últimos años se están llevando a cabo múltiples proyectos de reintroducción de especies en los distintos parques nacionales. Y Quiçama (Kissama), es uno de los más extensos y próximos a la capital.

Situado al sur de la Barra do Kwanza, este enclave natural con sabana costera, manglares y numerosos baobabs, está viendo cómo vuelven de nuevo los elefantes, las jirafas, las cebras, los antílopes y otros muchos animales. Para los grandes depredadores habrá que seguir esperando debido a que su introducción no es tan fácil, sobre todo en un país donde la cultura del furtivismo sigue muy presente. Por lo que puede ser una bonita excursión de un día desde Luanda (o si se está alojado en Barra do Kwanza), pero si se hace, no conviene ir con unas expectativas demasiado elevadas puesto que la experiencia no es comparable mínimamente con los safaris clásicos de Kenia, Tanzania, Botswana, etc.

Hay cebras en el Parque Nacional de Quiçama (Angola)

Lo indico aquí porque es una opción muy válida que le añade más heterogeneidad a un viaje a Angola, aunque debo reconocer que nosotros no lo incluimos en el plan diseñado, aunque si hubiéramos tenido un día más, quizás hubiésemos combinado un safari en Kissama pernoctando en Barra do Kwanza.

Lubango, la capital de la meseta de Huíla

De Luanda a Lubango dimos un salto de novencientos kilómetros en un cómodo vuelo de una hora de duración que nos hizo pasar de la costa a una gran meseta. Lubango, capital de la provincia de Huíla, es la segunda ciudad en habitantes del país, aunque posee un modo de vida más relajada. La antigua Sá da Bandeira, denominación otorgada por los portugueses, se posa sobre una gran meseta, Huíla, la cual da título a toda la provincia. A 1700 metros sobre el nivel del mar, se caracteriza por un clima suave y realmente agradable. Queda muy próximo a Humpata, tierras altas donde se quedaron los boers holandeses al disponer de terrenos fértiles y escasez de mosquitos. También a Serra da Chela y a Serra da Leba. Sus posición y comunicaciones con la costa (tanto por carretera como por el tren a Namibe) así como con el sur lo convierten en un importante nudo urbano dentro del país. Y, por tanto, dentro de un todo buen viaje a Angola que se precie.

Cartel de Lubango (Angola)

Con letras hollywoodienses reflejando el nombre de la ciudad y un Cristo Rey que se asemeja al de Río de Janeiro, aunque un poco más pequeño, Lubango destaca por su herencia colonial portuguesa, un aire tranquilo y ordenado, con amplias avenidas y un ritmo de vida pausado. Desde la misma se pueden hacer distintas excursiones de corta distancia como la del acantilado de Tundavala, la carretera panorámica de Serra da Leba, el gran mercado popular de Chibia o las aldeas de distintos grupos étnicos como los muhíla. Además, como fue nuestro caso, de ser lanzadera hacia Oncócua (la parte del país limítrofe a Namibia donde existe una mayor diversidad de tribus) o al desierto del Namib.

El grupo del viaje en el Cristo redentor de Lubango

Cuenta con buenos alojamientos (El hotel Yona cerca del aeropuerto y el Casper Resort para más comodidades), lo cual es ideal cuando se viene de zonas más lejanas con menos infraestructuras turísticas.

Imagen panorámica de Lubango (Angola) desde el Cristo Redentor

Acantilado de Tundavala

Un monumento natural al vértigo y a la explosión del paisaje. Así se podría definir el desfiladero o acantilado de Tundavala, considerado uno de los parajes más sobrecogedores y hermosos de Angola. Apenas cuarenta minutos por carretera desde Lubango (y no pocas curvas) son necesarios para asomarse a un gran balcón natural con un desnivel de más de mil metros que pone la marca al final de la meseta y se abre hacia un inmenso manto de bosques. Una grieta de gran grosor y afilada como un cuchillo se abre al vacío en este espacio abrupto e idóneo para acudir a última hora de la tarde con el fin de observar el entorno en su máximo esplendor lumínico, garantizando una sensación de inmensidad difícil de describir y reflejar en una simple foto.

Acantilado de Tundavala (Angola)

Tundavala, con un par de miradores improvisados, nos ganó a todos con su aire hipnótico y casi poético, permitiéndonos inmiscuirnos en la gran escala de este paisaje angoleño tan formidable e inspirador. Se trata de un lugar para detenerse y dejarse llevar por la contemplación, el silencio y el viento. De manera frecuente, los muhíla de montaña, grupo étnico que visitaríamos al día siguiente, se deja ver por la zona en busca de alguna propina por parte de los pocos turistas extranjeros que suben hasta el sitio (la mayoría de los visitantes son angoleños, sobre todo en fines de semana y días festivos).

Acantilado de Tundavala (Angola)

Visita a un kimbo de la etnia muhila

Esta región del suroeste angoleño se distingue por su pluralidad cultural y la presencia de variadas comunidades étnicas, integradas principalmente por poblaciones de tradición pastoril seminómada. Una de las tribus más interesantes es la muhila (también escrito muila, mwila o mumuila), cuyos miembros habitan un vasto área de la meseta entre Lubango y Chibia. Existen distinciones entre muhíla de llanura y muhíla de montaña, estando los segundos un punto por encima en cuanto a la fortaleza de su arraigo por la razón evidente de vivir en kimbos o aldeas más aisladas y dedicarse a algo más que la agricultura. Precisamente teníamos un gran interés por conocer de cerca a estos últimos, los muhila de montaña, por lo que nos trasladamos a un kimbo para el cual tuvimos que dejar la confortabilidad del asfalto e introducirnos en pistas difícilmente transitables con otra cosa que no fuera un todoterreno, ya que las últimas lluvias las habían dejado llenas de barro y grandes baches. Y allí vivimos nuestra primera gran experiencia relacionada con las tribus del sur de Angola. No sin antes conseguir el permiso del jefe local, puesto de honor conocido como “Soba” en tierras angoleñas, sin el cual jamás hubiéramos podido acceder a a esta comunidad.

Kimbo o aldea muhila en Angola

Junto a el Soba, ataviado con una vestimenta puramente occidental (en esta etnia los hombres no han mantenido este aspecto como sí lo han hecho las mujeres), nos adentramos en un kimbo muhíla (creo que en estos momentos no sabría ni localizarlo en el mapa) donde se vivía una jornada matutina de lo más corriente. Con kimbo, término de la lengua kimbundu, se hace referencia la considerada como unidad fundamental de la organización social en las zonas rurales del país, representada por conjunto de casas dispuestas alrededor de un espacio común, patio o plaza pero que, en realidad, es mucho más. Es en estos núcleos rurales donde se comparten las tareas agrícolas y ganaderas, se festeja mediante danzas y rituales y, sobre todo, unos se cuidan de los otros mientras se transmiten los valores y tradiciones ancestrales de generación en generación.

Kimbo o aldea muhila en Angola

El kimbo muhila que visitábamos cumplía con la disposición recurrente de estas comunidades, cuyas viviendas, bien de forma cónica o rectangular, se levantaban con paredes tanto de troncos como de adobe, y se coronaban por tejados de paja y ramas. Casas humildes sin abalorio alguno, junto a graneros donde almacenar y secar la recolección. Pero la vida, por supuesto, estaba fuera, en el espacio central. Allí las mujeres, las verdaderas protagonistas y garantes de las tradiciones de la tribu, nos dedicaron una danza bajo el son de los tambores en las que salían de dos en dos a bailar mientras el grupo, ojiplático, contemplaba su figura y, sobre todo, sus curiosos peinados.

Mujeres muhila bailando (Angola)

Y es que el peinado de las mujeres muhíla cuenta más de lo que podamos imaginar. Se trata de un narrador y delator de la edad, de si están casadas, solteras o viudas así como de infinidad de particularidades de su vida. Ahí entramos en el concepto de nontombi, explicado con una serie de rastas o trenzas cilíndricas bastante gruesas a las que untan manteca, hierbas, aceites, estiércol y un pigmento obtenido de algunas rocas molidas para darle su peculiar forma. Entre cuatro y seis rastas es lo normal, mientras que tres nos habla de la pérdida de un familiar cercano. De ellas cuelgan, a su vez, ornamentos con colores y cuentas que, al igual que los grandes collares podemos saber más de ellas.

Así son los nontombi o peinados de las mujeres muhila de Angola

Por ejemplo, las niñas pequeñas usan unos collares rojos pesados de arcilla (que parecen collarines de barro) conocidos como missanga. Más tarde, ya en la pubertad, portan la vikeka donde el amarillo es el predominante para, una vez casadas, comenzar a usar los vilanda, collares de cuentas apilados de vivos colores (y cargados de simbología). Por no hablar de las pulseras, tobilleras y demás. Algo de lo que no se despojan ni para dormir, usando normalmente reposacabezas de madera con el objetivo de proteger estos iconos de belleza que les identifica en el poblado y con los cuales pretenden garantizar la preservación cultural de la que, sin lugar a dudas, constituye una de las tribus más fascinantes del África austral. Aunque, si se me permite una reflexión, esto es algo que de manera palpable siempre suele recaer en las mujeres mientras que, del lado masculino parece no importar la evidente incorporación de estéticas y prendas de un mundo cada vez más global.

Mujeres muhila (Angola)

Permanecimos un rato en esta pequeña aldea antes de proseguir el camino hacia el sur. Necesitaríamos varias horas para viajar hasta el extremo sur de Angola, en el área de Oncocua, donde la heterogeneidad tribal del área merecía darle una dedicación exclusiva.

Mujeres muhila en Angola

Oncocua, el corazón de las tribus del sur de Angola

De Lubango a Oncocua hay en torno a 350 kilómetros de malas carreteras y una parte de pista de barro con las que hay que hacerse a la idea de que seis horas no te las quita nadie. Hablamos de profundizar en Angola, uno de los países más auténticos de África, por lo que tampoco cabe imaginar, ni tendría sentido, que ni el más ingenuo esperara transitar por estos lares en una autopista de siete carriles con vías de servicio a la francesa. Aún así debo decir que, comparado con las carreteras de Madagascar, lo de Angola no se me hizo en absoluto difícil. Entretenido, además, con los paisajes cambiantes de la provincia de Cunene con respecto al altiplano de Huíla, donde resurge también una extraordinaria cantidad de baobabs flanqueando una travesía más agradecida de lo esperado.

De camino a Oncocua (Angola). Aquí la carretera aún estaba en condiciones.

Oncocua se halla, como ya he mencionado con anterioridad, en el extremo sur de Angola, a pocas decenas de kilómetros de la frontera con Namibia. Sólo existe en muchos kilómetros a la redonda una pequeña población con mercado, escuela, comisaría e iglesia como parte más “mundana” dentro de una región absolutamente remota y áspera donde las pistas de tierra atraviesan normalmente sabanas secas, cauces estacionales y paisajes semidesérticos. Aunque, viniendo de uno de los inviernos más lluviosos de los últimos veinte años, aquello parecía un vergel con un favorecedor tapiz verde cubriendo los campos.

Baobab gigante en Angola

Precisamente la particularidad de este territorio, duro y aislado, ha favorecido históricamente la preservación de formas de vida tradicionales y una gigantesca diversidad cultural casi imposible de encontrar en otros lugares del continente. Con lenguas, tradiciones y estructuras sociales relativamente intactas. De ahí que esta zona  sea conocida por la convivencia de numerosos pueblos seminómadas y pastoriles como, por ejemplo, los Himba, Hakaona, Dimba o Tua entre otros. Y, lo que añade más interés si cabe, comunidades con nexos comunes, más allá del origen bantú, producidos por una red de rutas de pastoreo y comercio que permitieron el contacto e incluso una mezcla cultural importante entre la mayoría de los grupos del sur angoleño (así como norte de Namibia).

Área hakaona en Oncocua (Angola)

Gracias a esta interesantísima concentración tribal, incluimos en nuestra ruta por Angola el área de Oncoua, a sabiendas de la inexistencia de infraestructura alguna. Porque si se desea venir aquí, es debido hacerlo, en primer lugar, con vehículos preparados para moverse por este territorio. Y, segundo, pernoctar acampando trayendo consigo tanto el equipamiento para ello así como el suficiente alimento, agua y combustible para el tiempo que aquí se pase, incluyendo la entrada y la salida.

En nuestro caso establecimos el campamento junto a un kimbo de la etnia hakaona, una de las más peculiares y atractivas de la región, por lo que la gran conexión con ellos terminó siendo de lo mejor de todo el viaje. Una vecindad ya tratada de antemano por el equipo organizador, puesto que para acampar en una zona tribal determinada hace falta que el soba (el jefe de la aldea) de su respectivo permiso. Y eso se logra con un trato casi continuado entre iguales.

Nuestras tiendas de campaña en Oncocua (Angola)

El monte Oncocua, el que da nombre a esta parte de Angola, se yergue sobre la llanura con el semblante de un viejo volcán que, en realidad, nunca lo fue. Pero al cual las tribus que eligieron la zona para asentarse, contemplan y admiran como una criatura viva, un ente sagrado al que tan sólo unos pocos pueden acceder. Allí, según nos contaron los lugareños que se sigue utilizando para llevar a cabo rituales animistas liderados por chamanes, adivinos y curanderos quienes, además de leer el futuro en el intestino de una cabra o a través del último estertor de una gallina degollada (algo que puede recordar al vudú en Benín), dedican ruegos y oraciones a esta montaña omnipresente.

Mujeres hakaona en una aldea de Oncocua (Angola)

Durante nuestra estancia en Oncocua pudimos aprender de algunas de las etnias aquí presentes indagando en su propio kimbo mediante el beneplácito del soba. Y lo hicimos con nuestros vecinos los hakaona así como los tua y los himba, a veces juntos e incluso mezclándose gracias a un lenguaje similar (el herero) y una relación positiva. Aunque, con los himba en una posición más elevada en el escalafón social dentro de este área del sur de Angola.

Nuestras tiendas de campaña en Oncocua (Angola)

TRIBU HAKAONA (Mukawana/muhakaona)

Con quien un mayor trato tuvimos, como cabría esperar, fue con los hakaona, ya que acampamos a escasos metros de una de sus aldeas. Una conexión que se produjo de manera veloz y recíproca. Y es que serían ellos mismos se acercaban a nuestro campamento. Primero con curiosidad, distancia y alguna risa fugitiva, después a través de la música y la danza como lengua universal para, más tarde, acabar alrededor de una hoguera con la que iluminaron de alegría y verdad unas noches estrelladas donde la vía láctea parecía columpiarse sobre nosotros a la llegada del ocaso.

Hoguera con los hakaona danzando y cantando (Oncocua, Angola)

Los hakaona, uno de los pueblos más fascinantes y desconocidos del sur de Angola, se dedican principalmente al pastoreo (muchas veces se encargan, además de su rebaño, de los animales de los himba). Garantes de sus tradiciones, tanto los hombres como las mujeres. Ellos, atesoran un profundo conocimiento de medicina tradicional y los beneficios de las plantas locales. Ellas, con un gran don para la artesanía, tienen para sí de los elementos más característicos y reconocibles de sus elementos de la tribu como es el kapapo, un tocado tradicional elaborado con cuero, aceites, pasta de arcilla, fibras, con cuentas y trenzas como símbolo inequívoco de feminidad, estatus y pertenencia cultural.

Mujeres hakaona (Oncocua, Angola)

También portan pulseras, tobilleras y unos elaboradísimos portabebés fabricados por ellas mismas con la piel de la vaca. Cada peinado y ornamento suele indicar la edad o el momento vital de quien lo porta. Así como el untado del otjize, un ungüento natural elaborado con manteca y cenizas utilizadas para proteger y embellecer la piel de quienes son referidos en ocasiones como “himbas negros”, aunque tengo la sospecha de que ellos no estarían muy de acuerdo con dicho apodo.

Mujeres hakaona en su aldea o kimbo de Oncocua, Angola

A pesar de la creciente presencia de misioneros en la zona, por fortuna, los hakaona continúan preservando muchas costumbres ancestrales, así como sus creencias religiosas, con la adoración al Dios único Mukuru a través de sus antepasados, únicos intermediarios posibles entre la deidad y unas aldeas con cabañas cónicas de madera, paja y ramas donde las puertas se abaten hacia arriba para permitir el acceso. En el kimbo pudimos comprobar la relación tan estrecha con el ganado de los hakaona, así como el modo de vida adaptado a las duras condiciones del sur angoleño.

Sele con la etnia hakaona en Oncocua (Angola)

Pero lo mejor con su gente siempre se quedará en esas noches de complicidad bajo las estrellas, el fuego y el son de la música.

Mujer hakaona en Oncocua (Angola)

TRIBU HIMBA

Si bien los himba se han dado a conocer sobre todo en Namibia, país con mayor tradición turística y número de visitantes, es en Angola, concretamente en la demarcación hidrográfica del río Cunene, donde prácticamente duplica su presencia. Asimismo, al recibir Angola muchos menos turistas, han podido conservar mejor sus tradiciones y estar menos supeditados a un sector que, de uno modo u otro, impacta de manera severa en sus modos de vida. De lo que nadie tiene duda alguna es que los himba constituyen una de las tribus más emblemáticas, asombrosas e influyentes en el África Austral, cuya imagen tan reconocible ha logrado trascender en partes del globo bien lejanas. Sobre todo a nivel estético. A

Miembros de la etnia himba en una aldea del área de Oncocua (Angola)

las mujeres himba se las identifica con cierta facilidad por el uso del otjize, una mezcla de manteca, hierbas y pigmento rojizo con la que cubren su piel y cabello trenzado. Por un lado, esta pasta protege del sol, de la sequedad del ambiente y de los mosquitos. Pero, por el otro, está visto como un símbolo inequívoco de belleza así como de una profunda conexión con la tierra. Así que esos elaborados peinados, adornos metálicos y collares, ornamentos de joyería destacadísimos, indican la edad y el estado civil de cada mujer, formando parte de un complejo lenguaje visual que se ha transmitido de generación en generación (e incluso a otras tribus, véase la etnia tua, a la cual me referiré más adelante). Las niñas, siempre antes de la pubertad, se les rapa la cabeza dejando caer sobre la frente dos trenzas. Los niños y chicos jóvenes, en cambio, conservan una cresta rematada en trenza hacia atrás como símbolo de soltería.

Mujeres himba en una aldea de Oncocua (Angola)

Sea como fuere, los himba transmiten elegancia y orgullo natural, sabedores de que la belleza se obtiene a través de su ligazón con la tierra, con el suelo donde brota la vida desde el amanecer a la llegada de la noche.

Mujer himba en una aldea de la zona de Oncocua (Angola)

Los himba se encuentran en la cúspide del estatus social dentro de la región debido a que son poseedores de un gran número de cabeza de ganado en comparación con otros pueblos vecinos. En el sur de Angola (y, en realidad, en buena parte del África subsahariana), tener mucho ganado equivale tradicionalmente a tener prestigio y reconocimiento dentro de las comunidades. Las vacas representan riqueza, estabilidad y respeto. Cuanto mayor es el rebaño de una familia, mayor suele ser también su influencia y consideración social, formando parte de prácticamente todos los aspectos importantes de la vida. Al fin y al cabo sirve para alimentar a la familia, cerrar acuerdos, pagar dotes matrimoniales o participar en ceremonias y rituales. Así que un territorio tan duro y seco, ser capaz de mantener grandes rebaños durante generaciones demuestra experiencia, resistencia y poder. De ahí que el escalafón social himba, históricamente ligado al número de cabezas de ganado se note tanto en su actitud como en su relación de cierta superioridad con pueblos vecinos.

Mujeres en aldea himba (Oncocua, Angola)

Al igual que los hakaona, creen en el Dios único Mukuru, ser siempre benefactor. Los espíritus de los ancestros de la aldea, en cambio, no sólo bendicen sino que pueden traer el mal a su pueblo cuando consideran que algo ha roto el equilibrio. Para ello, el chamán, único encargado de vigilar el fuego sagrado, posee comunicación directa con los antepasados para evitar o solventar posibles maldiciones.

Con los niños himba en Oncocua (Angola)

TRIBU TUA (Mutua/Twa/Batua)

En Angola el prefijo MU, se traduciría como “pueblo de”, de ahí que con las etnias se suela utilizar por delante del nombre de la tribu. En el caso de los Tua, ellos se suelen hacer llamar Mutua. A priori cuando uno está con ellos, cuesta diferenciarlos de los himba por razones estéticas, pero hay notables diferencias entre ambas etnias. Éstos llevan mucho más tiempo habitando esta región según la información recogida por antropólogos e historiadores, quienes aseguran que están emparentados con las tribus khoisan (los bosquimanos). Es sabido que se mezclaron siglos atrás con personas bantúes mientras éstos migraban hacia el sur de África. De ahí que los tua aún conserven su alma de cazadores-recolectores así como sus creencias animistas en los espíritus presentes en los elementos de la naturaleza, aunque hayan asumido por completo la estética y gustos de los himba, tribu dominante en esta parte de la región.

Mujeres Tua en la zona de Oncocua (Angola)

La no posesión de ganado los convierte, en comparación con demás tribus, en un pueblo menos considerado. Pero, por otro lado, son de los pocos pueblos seminómadas donde la caza de animales y la recolección de frutos del bosque guarda un enorme peso, sin olvidar su consideración como excelentes herreros capaces de fabricar buenos cuchillos, herramientas, puntas de lanza, pulseras, tobilleras y numerosos abalorios metálicos que, en ocasiones, venden o intercambian junto a la carne de caza o la miel de abejas salvajes que ellos mismos recolectan.

Mujeres de la etnia tua o mutua en una aldea de Oncocua (Angola)

La visita al kimbo mutua fue interesantísima, pudiendo permanecer con la gente durante bastante tiempo. Las características de la aldea, en la que vivían cerca de treinta personas, era muy similar a otras de la zona, tanto en la elaboración de las cabañas (no vimos las características viviendas con ramas completamente cubiertas de barro, que son las más típicas) como en la presencia de un patio central, bastante grande en este caso.

Mujer Tua o Mutua en una aldea de Oncocua (Angola)

Finalmente, cuando nos despedimos para marcharnos a visitar el mercado de Oncocua, tres mujeres jóvenes mutuas nos pidieron subirse a uno de nuestros vehículos, que era pick up, y viajar en la parte de atrás, para acudir al mercado. En realidad estas tres adolescentes, a sabiendas de que más pronto que tarde las iban a casar dejando atrás su vida actual, estaban aprovechando los últimos tiempos de cierta libertad y despreocupación antes de que las cosas cambien de manera radical. Al final se pasaron el día entero con nosotros, e incluso interactuaron con algunas de las chicas hakaona cuyo kimbo estaba al lado de nuestras tiendas de campaña.

Mujeres tua y hakaona interaccionando (Oncocua, Angola)

¿Hay más tribus en el área de Oncocua y en la región bañada por el río Cunene?

Por supuesto que las hay. Como los mucuis o los mudimbas. Incluso los san. Y muchos otros. Se trata de una región con una diversidad étnica brutal, por lo que, si el mayor interés dentro de un viaje a Angola es el meramente etnográfico, se puede prolongar la estancia en la zona o moverse por la línea fronteriza con Namibia. Pero en nuestro caso, que deseábamos diseñar un itinerario más heterogéneo y completo, tras las dos noches de Oncocua regresamos de nuevo a Lubango para iniciar otra fase dentro de nuestra aventura angoleña.

Mujer portando madera en la cabeza (área de Oncocua, Angola)

Serra da Leba y el mirador de las veintidós curvas

Tras un largo regreso a Lubango, con algún que otro problema con uno de los vehículos que tuvimos que remolcar, y una agradecida noche de hotel, ducha de agua caliente y cena de restaurante, iniciaríamos una transición hacia la costa occidental y, por tanto, desértica, de Angola. Pero, para ello, debíamos dejar atrás el altiplano y la altitud para dirigirnos hacia la localidad de Moçamedes (antes conocida como Namibe), el municipio más importante del litoral suroccidental angoleño. Y si existe un lugar donde se perciba esa frontera geológica entre las verdes montañas de la provincia de Huíla y la aridez del Namib, esa es Serra da Leba. Ahí se produce el corte exacto entre dos mundos.

Carretera de Serra da Leba en Angola

En Serra da Leba se de, probablemente, una de las carreteras más espectaculares de África. Fue diseñada por Edgar Cardoso en 1968, aún con los portugueses librando sus últimas intentonas de mantener su colonia, para salvar cerca de mil metros de desnivel. Desde lo alto de la meseta de Humpata, la montaña se desploma de forma abrupta hacia las tierras cálidas del litoral, obligando a la carretera a dibujar un imposible entramado de curvas cerradas sobre la ladera. Vista desde un famoso mirador previo al inicio de las curvas donde nos detuvimos (tanto a observar, fotografiar y comer en su único restaurante allí presente donde nos prepararon un delicioso pollo a la brasa), la serpiente de asfalto parece desafiar la lógica mientras se abre paso entre precipicios coloreados por los líquenes y el trepidar constante de una cascada expulsando más agua de lo normal tras las intensas lluvias del mes anterior.

Serra de Leba y la carretera de curvas

El paisaje te atrapa entre los valles y un vacío que se extiende hasta perderse en el horizonte. Más que una simple carretera, en Serra da Leba uno tiene la sensación de estar contemplando una obra de ingeniería suspendida entre la inmensidad y el vértigo que lleva a los bosques habitados por distintas etnias, entre las que se encuentran los Mucubal y los Ngendelengo.

Sele en Serra da Leba (Angola)

Visita a un asentamiento Ngendelengo

Los extensos bosques bajo Serra da Chela, la gran cordillera de la que forma parte Serra da Leba, sirve de hogar desde hace siglos de la tribu Ngendelengo. Sus kimbos o aldeas no están a pie de carretera sino en zonas poco accesibles dentro del bosque, pero estas personas se dejan ver cerca de carreteras y caminos en pequeños asentamientos temporales puesto que muchos de ellos viven de la venta del carbón vegetal (además de la caza, la recolección y la ganadería a pequeña escala). Emparentados con los mucubal, guardan con orgullo su origen guerrero y haber resistido a las embestidas de las influencias europeas tras siglos de colonialismo portugués. Y, si bien no pudimos penetrar en una aldea, con las características chozas de madera de dos plantas asentadas sobre tres troncos (la zona de suelo es para ancianos, embarazadas y enfermos, mientras que la parte alta es para los miembros más jóvenes de la familia), pudimos tener un encuentro con algunos miembros de esta etnia a pie de carretera, con el fondo inspirador de las montañas graníticas de Serra da Chela.

Asentamiento Ngendelengo (Angola)

Jóvenes, niños, mujeres y ancianos compartieron unos minutos con nuestro grupo. Su vestimenta era escasa, con apenas telas haciendo de faldón tanto en hombres como mujeres. Muchos llevaban consigo grandes machetes. Nos fijamos en que los hombres, muy altos, tenían limados los incisivos centrales superiores, algo que no es extraño en algunas de las etnias presentes en Angola. Lo más peculiar y reconocible de los Ngendelengo tenía que ver de nuevo con el peinado femenino. Las mujeres, sobre todo quienes acaban de tener su iniciación o fico, así como madres jóvenes, protegen tras un pañuelo un peinado basado en cuatro moños el cual, en ocasiones, recuerdan a los de las geishas. Para dar este volumen y cuerpo al cabello se introducen un tipo de pasta compacta hecha de tierra, serrín y plantas aromáticas antes de apelmazarlo y sostenerlo con distintos materiales.

Mujeres Ngendelengo con su peinado tradicional (Angola)

Trabajan bien la madera y elaboran pequeñas pipas de madera. Precisamente se nos acercó con cierta insistencia una mujer de mediana edad que llevaba una en la boca. Y, como la mayoría de ellas, usaba una cuerda de fibra vegetal alrededor del pecho como sostén. En este caso en concreto, parecía que se había pasado un poco con el alcohol y que los tragos de más habían dejado seca la destilería del pueblo. Aunque, para ser justos, fue la única ocasión en la que vimos a alguien de una tribu emulando a Las Grecas en sus años dorados.

Tribu Ngendelengo (Angola)

Mucubal, la etnia de los últimos guerreros

Los Mucubal, también conocidos como Cubal a secas, son considerados uno de los pueblos más resistentes y orgullosos del sur de Angola, pues fueron además de los últimos grupos de la región en oponerse al dominio colonial portugués, manteniendo durante mucho tiempo una fuerte resistencia armada y cultural frente a la ocupación. Pastores seminómadas adaptados a las condiciones extremas que existen entre la Serra da Chela y el Desierto del Namib. Incluso hoy conservan una identidad profundamente ligada al ganado, al territorio y a unas tradiciones que siguen muy presentes en su vida cotidiana.

Mujeres de la etnia Mucubal

Aunque no pudimos visitar ningún asentamiento mucubal propiamente dicho, sí nos cruzamos con ellos en numerosas ocasiones en los bosques secos bajo Serra da Chela y en las pistas perdidas que se acercan al Namib. Su presencia resulta inconfundible: hombres de porte orgulloso acompañando al ganado y mujeres con elaborados adornos y el característico ompota, el espectacular tocado tradicional que las distingue. En muchos aspectos culturales mantienen vínculos y similitudes con los Ngendelengo, especialmente en vestimenta, estructura familiar y modos de vida pastoriles, formando parte de ese mosaico humano fascinante que convierte el sur de Angola en uno de los territorios etnográficos más ricos y desconocidos de África.

Arte rupestre en las rocas de… Caraculo

Camino a Namibe, cuando las montañas habían dejado paso a pequeñas pero numerosas colinas de roca de granito, pasamos por un pequeño municipio con gasolinera y cuya mayoría era mucubal, con el curioso nombre de Caraculo. Y, si bien, lo tenía anotado para hacer una foto de un cartel que nunca llegué a ver, lo que no esperábamos era la sorpresa que nos tenían preparado Pedro y su equipo. Sin previo aviso, tomaron un desvío cualquiera y se internaron durante muchos minutos por lo que normalmente es un suelo árido y seco, pero que tras una temporada tan lluviosa, había dejado una alfombra de flores amarillas que parecían extenderse al infinito mientras el último sol de la tarde coloreaba las rocas de granito hasta hacerlas relucir del naranja al rosado pasando por multitud de variedades cromáticas. Aquello no tenía nada que ver con lo que habíamos visto hasta ahora.

Por las rocas de Caraculo en Angola

La incertidumbre suele regar las mayores aventuras. Y el no saber dónde pretendían llegar, aunque todos y cada uno de nosotros tenía su propia hipótesis, añadía emoción a aquella travesía fuera de ruta, sin senderos ni carreteras aparentes.

Paisaje de Caraculo (Angola)

Pero, en el momento en que el sol empezaba a despedirse en el horizonte, los vehículos se detuvieron en medio de aquel tapiz de vegetación efímera frente a un abrigo rocoso. Pedro pidió apresurarnos y acceder a él agachándonos al máximo. Una vez lo hicimos enfocó con las linternas lo que eran pinturas rupestres en las cuales los pobladores de estas tierras hace miles de años, habían grabado para la eternidad diferentes animales como antílopes, elefantes y felinos, figuras humanas, formas geométricas y escenas que parecían evocar momentos de caza y la relación simbólica entre las antiguas comunidades y su entorno.

Arte rupestre en un abrigo rocoso de Caraculo (Angola)

Es sabido que la zona de Caraculo concentra una de las mayores densidades de yacimientos prehistóricos identificados en Angola, aunque la mayoría están aún por descubrir. Más allá de su valor artístico, estas pinturas son como una ventana abierta a un pasado remoto. De un modo u otro, nos hablan de pueblos que habitaron el Namibe muchísimo antes de existiese cualquier esbozo de esa Angola plagada de distintos reinos donde, a posteriori, llegaron los portugueses. Hablamos de miles de años. Por lo que se puede asegurar que en estas rocas se respira una especie de memoria colectiva grabada con multitud de símbolos, animales y rituales.

Pinturas rupestres en un abrigo rocos de Caraculo (Angola)

Namibe (Moçâmedes), la Angola más portuguesa a las puertas del desierto

Muchos angoleños se refieren a ella como Namibe, denominación impuesta en los años ochenta. Pero aún más seguían diciéndole Moçâmedes, como en tiempos de la colonia. De hecho, en 2016 la ciudad volvió a ser oficialmente Moçâmedes, quizás porque es demasiado el peso de la herencia lusa aquí, aunque ya no queden demasiados portugueses habitándola. Sea como fuere, se considera uno de los tres puertos más importantes de Angola (sólo tras Luanda y Lobito), permaneciendo además bien comunicada con el ferrocarril para transportar granito y otros minerales, así como con una carretera en un estado aceptable desde Lubango. Turísticamente hablando, que es lo que nos interesa, proporciona una base excelente para bajar al desierto del Namib o  bien para pulular por las playas más salvajes que uno pueda imaginarse. En nuestro caso hicimos ambas cosas, primero acudir a Praia do Soba y después ir hacia el desierto y poder conocer Baía dos Tigres, uno de los mejores destinos de todo el país. Pero antes, pudimos echar un vistazo a esta ciudad fundada en 1840, repleta de edificios decimonónicos o de principios del siglo XX, y la cual los propios angoleños aseguran que fue lo que ellos mismos recordaban de Luanda antes de la independencia.

Namibe (Moçâmedes)

En efecto, así es. Pasear por Namibe es hacerlo a los tiempos de la colonia, cuando gentes venidas de Brasil y Madeira se instalaron en esta urbe de nueva creación aprovechando que en la misma había bastante trabajo bien en la pesca o en las distintas factorías que se construyeron. Al ser un punto bien comunicado por tierra, mar y aire (su aeropuerto, antes llamado Yuri Gagarin, homenajeando al cosmonauta ruso, ahora el el Welwitschia Mirabilis, haciendo referencia a la longeva planta que tan sólo crece en el desierto del Namib), la prosperidad y modernidad de Moçâmedes no debieron pasar desapercibida entonces. En estos momentos, aunque mantiene el colorido de sus fachadas de estilo colonial, se intuye cómo el tiempo ha ido apagando poco a poco esta ciudad hasta darle una pátina de fotografías en sepia y tiempos cada vez más lejanos.

Namibe (Moçâmedes)

Sobrevive el antiguo cine, la casa del Gobernador o el banco. También las iglesias o algunas de las casas nobles donde el aroma a salitre y tubo de escape empiezan a actuar, al igual que el paso de los años. Las playas son anchas aunque casi nunca se ve a nadie bañándose en ellas. Namibe cuenta con algunos hoteles en buen estado, varios de ellos gestionados por chinos (quienes atesoran muchos de los recursos angoleños…y de media África) y bastante comercio. Restaurantes como el Club Náutico o el Redondinho Lounge Bar constituyen buenos lugares de encuentro social para comidas, cenas y brindis, ya que posee una carta de cervezas, vinos y cócteles que no parecen sencillos de encontrar en muchas partes de Angola. Este último, con menos pretensiones del primero, lo gestiona la familia de Ricardo, angoleño de origen portugués, aportando un pequeño toque cosmopolita a esta ciudad cuya fama no ha traspasado fronteras precisamente.

Namibe (Moçâmedes)

Namibe, como escribí anteriormente, suele ser base para hacer otras cosas en la provincia, por lo que parece una buena parada y fonda de cara a empresas mayores.

Mujer paseando por la playa en Moçamedes (Namibe, Angola)

Praia do Soba, una playa salvaje desde cabañas estilo Madeira

Tras una primera semana bien animada en Angola, llegó el momento de detener todos los relojes. Y olvidarse de todo menos de uno mismo. Para ello no hizo falta que subir a cerca de dos horas al norte de Moçâmedes (que está bien como paso pero no para quedarse varios días), tomar una serie de pistas con los 4×4 con el objeto de llegar sanos y salvos, y aterrizar física y espiritualmente frente a una de las playas más bonitas y solitarias de Angola. Praia do Soba, escondida entre acantilados, cuenta con su propia cueva marítima y su belleza es el resultado directo de cómo la luz indaga sobre la arena, los gruesos muros que la protegen así como de las rocas que dejaron su hogar escarpado para nadar directamente en el océano y regalarle una silueta difícil de igualar. Pura soledad, un paisaje en bruto tan dorado como el sol donde el silencio y la incomunicación forzosa se convierten en el mejor presente.

Praia do Soba (Angola)

Sólo existe un alojamiento en Praia do Soba. Y se encuentra precisamente al borde del acantilado, permitiendo mantener un paraje limpio y despejado. Tiene el mismo nombre de la playa y consta de cabañas estilo madeirense donde la garantía, además de su amplitud, está en las vistas al mar. Si tuviera que retirarme y que no me encontrase nadie, creo que me iría allí. Porque, además de playa, paisaje y falta de cobertura, posee una cocina excelente con producto local donde dar buena cuenta de las viandas mientras el rumor de las olas te acompaña entre plato y plato.

Alojamiento de Praia do Soba (Angola)

Aquí pasamos dos días que muy difícilmente olvidaremos y que nos sirvieron para recargar las baterías ante lo mucho y bueno que estaba por venir.

Sele en Praia do Soba (Angola)

Baños en piedra volcánica (Piambo)

Desde Soba para ir a cualquier parte hace falta vehículo. No hay carreteras realmente en este paisaje marciano, pero con buenos todoterrenos y el buen hacer de nuestro equipazo Muafrika, no hay rincón que se nos resistiera. A una hora hacia el norte, en una travesía lenta pero gozosa, alcanzamos un área donde las playas, en vez de arena, son reflejo del pasado volcánico de la zona.

Playa volcánica en Piambo (Angola)

En las piscinas naturales de Piambo, muy cerca de un faro abandonado (al que se puede acceder y subir hasta arriba) el juego de las mareas permiten nutrir la roca oscura nacida del magma petrificado con un idílico baño.

Piscinas naturales de Piambo (Angola)

Baía dos Tigres (e Ilha dos Tigres), probablemente lo mejor que pudimos ver y hacer en Angola

Acceder a la Baía dos Tigres implica enfrentarse a una de esas expediciones mayúsculas donde la naturaleza resulta la única encargada de dictar las reglas. De hecho, toda nuestra ruta por Angola dependía de contar en esta fase con una ventana de oportunidad suficientemente amplia y certera para llevarla a cabo y, de ese modo, poder adentrarnos a uno de los territorios más increíbles no sólo de este país sino de toda costa occidental africana.

Pero la empresa no iba a resultar sencilla, en absoluto, pues las probabilidades de éxito no suelen ser elevadas en ningún caso. Y era algo de lo que éramos plenamente conscientes, de ahí que nuestro equipo llevara sobradamente estudiados cada uno de los condicionantes que nos ofrecieran mayores probabilidades de entrada a esta parte tan singular del desierto del Namib, en el punto exacto donde un vasto corredor de dunas se encuentra con las corrientes del Atlántico y las carreteras para alcanzarlo ni existen ni se las esperan.

Baía dos Tigres (Angola)

Un rincón olvidado y poco accesible

Porque… ¿Cómo explicar la Baía dos Tigres, su valor ecológico, histórico e inevitable inaccesibilidad? Venga, voy a intentarlo. Situémonos en el suroeste africano, concretamente en el desierto del Namib, considerado el más antiguo del planeta, el cual ya existía como tal incluso en tiempos de los dinosaurios. Si bien, buena parte de este desierto ocupa la nación de Namibia, hay un tramo de varios cientos de kilómetros donde la costa de los esqueletos asciende por Angola, traspasando el río Cunene y dando forma a un área protegida denominada Parque Nacional de Iona. Dicha costa, cuyo nombre hace mención a los huesos de gigantescas ballenas varadas, leones marinos así como armazones de barcos que quedaron triste e irremediablemente encallados en un área marítima traicionera en exceso, se puede describir como un inmenso corredor de dunas que llegan hasta el Océano Atlántico. Auténticas montañas de arena golpeadas por las olas en una de esas regiones del planeta completamente vacías de presencia humana.

Barco encallado a la entrada de la Baía dos Tigres

Aunque no siempre lo fuera así en Baía dos Tigres, donde a mediados del siglo XIX los portugueses aprovecharon una extensa lengua de arena, una península, para establecer una próspera población pesquera con numerosas factorías de secado, salazón y producción de harina de pescado. Dicho municipio, conocido como São Martinho dos Tigres, prosperó hasta contar con todos los servicios posibles, más de cuatrocientas casas, escuela, hospital, correo, iglesia, casino, un aeródromo en la calle principal y unas infraestructuras avanzadas para la época, como la kilométrica tubería que desde el río Cunene proveía a la ciudad de agua potable durante todo el año.

Fotografía antigua de la Isla de los Tigres en Angola

Fotografía antigua de la Isla de los tigres en Angola

Pero todo eso tuvo un punto de inflexión en 1962, cuando una tormenta que desató un oleaje extremo no sólo rompió esta vía que transportaba el agua sino que inundó el istmo, convirtiendo a la península en una isla. Sumado a la inestabilidad por los conflictos existentes por la independencia con los portugueses, una profunda crisis económica y la posterior Guerra Civil iniciada en 1975, la vieja São Martinho dos Tigres fue evacuada por completo, quedando la isla abandonada a expensas de la soledad, el viento, las dunas y un tiempo capaz de hacer olvidar que donde corrían los niños, las ollas cocían buen pescado y la gente acudía a misa los domingos, le vendrían décadas de silencio únicamente interrumpido por los derrumbes espontáneos, el runrún de las olas, los gritos de los leones marinos y el revoloteo las gaviotas.

Hoy día llegar a la isla de los Tigres representa todo un desafío. Acceder a ella depende de una combinación extraordinaria de factores. Requiere adentrarse con los vehículos por la playa en las horas de marea baja y cuando las olas no golpean en exceso antes de que se cierre durante horas (después queda impracticable), acampar en las dunas y salir desde allí en una lancha motora siempre que las condiciones meteorológicas y marítimas lo permitan. De ahí que, cuando se organiza un viaje de este tipo, conviene fijar esta fase del viaje en un periodo lo más benigno posible para cumplir con el propósito de alcanzar la vieja ciudad abandonada y disfrutar de pernoctar aislados entre las dunas y el océano.

Mapa de la Baía dos Tigres y de cómo llegar a la Ilha dos Tigres

Sin tiempo que perder

En nuestro caso abandonamos las comodidades de Praia do Soba con nocturnidad y alevosía, dado que nada más esencial para una aventura como esta que la premeditación. Y la suerte, por supuesto, aunque al principio nos fuera esquiva en el momento en que uno de los vehículos dijo basta y fue imposible continuar cuando nos apenas quedaban nos quedaban kilómetros para alcanzar Moçâmedes. Menos mal que Pedro y los chicos de Muafrika tenían un salvoconducto para estos casos y ,en menos de un cuarto de hora, logramos intercambiar un todoterreno averiado por otro en perfecto estado. Pero las mareas no perdonan y no cabían más imprevistos si queríamos llegar a tiempo y que no se nos cerrara la playa. En ningún caso estábamos dispuestos a correr riesgo alguno y si había que abortar misión, no nos temblaría el pulso para ello.

Vehículo averiado camino a la Baía dos Tigres (Angola)

La fortuna y la velocidad nos acompañaron hasta el último municipio habitado, Tômbua (antiguamente llamado Porto Alexandre), donde hubo que desinflar un tanto las ruedas para adaptarse a la travesía por arena que nos aguardaba. Allí se acabaría no sólo la carretera sino también la cobertura y cualquier posibilidad de comunicación más allá del alcance de los walkie talkies que cada vehículo llevaba consigo. El siguiente paso, la puerta de acceso oficial al Parque Nacional de Iona, el registro correspondiente con los guardas de seguridad y, kilómetros más adelante, la espera de Ricardo, un militar retirado que llevaba su barca remolcada en su 4×4 y quien nos esperaba para iniciar juntos la última parte del viaje, que era, a su vez, la más arriesgada e interesante.

Sele junto al cartel de entrada al Parque nacional de Iona en Angola

Vanessa nos abrió el camino

De las dunas empezamos a circular por la playa, dejando atrás un reguero constante de huesos y restos de mamíferos marinos de donde obtiene su nombre la Costa de los esqueletos. Sobre todo, abundaban los cadáveres putrefactos de leones marinos con evidentes mordiscos de los chacales, ansiosos por hacerse con la rapiña en un territorio donde la comida no suele ser abundante.

4x4 en el desierto de Angola

Un barco encallado y herrumbroso, el Vanessa, nos dio la bienvenida con su casco enterrado en la arena y el puente de mando sobresaliendo en un armazón oxidado por la humedad atlántica. Cuentan que este buque especializado en la pesca de arrastre no logró pasar de su viaje inaugural, como el Titanic, pero en vez de un iceberg, se dio de bruces con la arena en un día de niebla, pudiendo quedar a salvo sus ocupantes, mientras que el armazón se quedó allí para siempre, advirtiendo que pocos kilómetros después empezaba el tramo más peligroso de la travesía a la Baía dos Tigres.

Barco Vanessa en Baía dos Tigres (Angola)

En el punto de no retorno

La playa fue haciéndose cada vez más angosta hasta encontrarse de bruces con un muro de dunas flanqueando el convoy de vehículos 4×4. Ahí precisamente estaba el punto de no retorno y el instante donde debíamos transitar raudos por una playa menguante mientras observábamos cómo la marea comenzaba a subir el nivel del agua de manera lenta pero inexorable. Aquí no cabían medias tintas, sólo debíamos mirar hacia delante y continuar durante unos cuantos kilómetros hasta alcanzar una zona de mayor anchura donde no llegaran las olas y pudiésemos establecer nuestra base. Cualquier avería en un coche suponía tener que dejarlo allí para ser tragado por la mar de madera irreversible. Pero eso no entraba dentro de nuestros cálculos.

Todoterreno circulando por entre la playa y las dunas en Baía dos Tigres (Angola)

Mientras dibujábamos rodadas nuevas en la arena nos quemaba la adrenalina. A nuestra derecha, la espuma de un mar creciente. A nuestra izquierda una muralla inexpugnable de dunas. ¿Y que sucedía al frente? Una nube negra se disponía a teñir de sombras un paraje que hasta entonces sólo admitía naranjas, amarillos y azules. Se trataba de una colonia de cormoranes echándose a volar entre el desierto y el medio acuático. Aquel torbellino aviar no se podía medir ni siquiera en centenares sino en decenas de miles de seres alados de plumaje oscuro y pico amarillo trasladándose de un lado a otro, cubriendo el cielo, la mar y acompañándonos durante buena parte de la ruta.

Nuestros 4x4 en Baía dos Tigres (Angola)

Surcábamos los límites entre dos mundos a través de una carretera casi invisible encargada de borrar nuestras huellas al instante. Dominados por la emoción, que jamás por el miedo, veíamos cada vez más cerca nuestro objetivo. Éramos sabedores que transitar por aquel corredor efímero nos estaba permitiendo resoplar una dosis de vida sólo posible en las grandes aventuras. Y eso que no sabíamos aún que la vuelta iba a ser aún más trepidante…

Coches en Baía dos Tigres (Angola)

Campamento dunas

Tras unos minutos en aquella playa menguante alcanzamos por fin nuestro objetivo. Contábamos con la anchura suficiente para que las olas no se acercaran y pudiésemos plantar allí nuestras tiendas de campaña, una cocina improvisada, nuestro pequeño comedor basado en varias mesas tipo picnic juntas y una pequeña sombra permanente. Todo ello ubicado un rincón plano y arropado por dunas inmensas de casi doscientos metros de altitud, todo un muro que desplazaba suavemente sus lindes en función de la dirección y la fuerza del viento. La playa era nuestra mientras veíamos cómo las rodadas se las comía el agua. Hasta la mañana siguiente no podríamos abandonar el “campamento dunas”. Mientras tanto había que salir, puesto que la mar lo permitía, hacia nuestro gran objetivo, la isla de los Tigres. Lejana, en el horizonte, se podía vislumbrar el torre del campanario de la iglesia de São Martinho dos Tigres, nuestro único faro evidente para la travesía que nos quedaba por hacer.

Campamento entre las dunas de la Baía dos Tigres (Angola)

El vídeo de esta parte de la aventura

No os perdáis las imágenes en vídeo de nuestra salida de Praia do Soba hasta la llegada a la zona del campamento pasando por “la zona de no retorno” conocida como la carretera, por decir algo, más peligrosa de Angola.

La isla de los tigres (Primera ronda)

Un primer grupo debía partir cuanto antes en la lancha de Ricardo. Los otros debían esperar en el campamento debido a que las dimensiones de la barca no permitían alcanzar a todos. Marché con los primeros en un embarque húmedo donde ya nos dimos pronto cuenta que íbamos permanecer en remojo casi todo el tiempo. Cuanto antes lo asumiéramos, mucho mejor. Nos quedarían aproximadamente tres cuartos de hora tratando de aprovechar las corrientes y evitar los embistes de las olas. Mirábamos hacia atrás para contemplar asombrados la gran muralla de arena con sombras rayadas que recordaban a las manchas de los tigres, una de las razones que explican el nombre de la bahía, aunque otros aseguran que dicha denominación se debe al sonido que el viento propulsa en las propias dunas similar a un gran rugido. Por delante la isla iba empezando a montar su propio decorado. Además de la iglesia, empezaban a distinguirse siluetas de los edificios, sobre todo las chimeneas de las factorías que llevaban más de seis décadas de abandono y soledad. Figuras fantasmagóricas que se fueron haciendo más grandes a medida nos íbamos acercando.

Isla de los Tigres (Angola)

El desembarque en la isla fue más tranquilo de lo previsible, aunque la espuma de mar cada vez más presente auguraba un fatal oleaje para la vuelta. Entonces se tomó la primera decisión. El segundo grupo debería esperar para venir a la mañana siguiente, donde se preveía menos viento, y nosotros debíamos acelerar nuestra visita a la ciudad abandonada. Por lo que, sin tiempo que perder, avanzamos el aquel arenal que enterraba las antiguas nociones de pavimento, e iniciando nuestra visita por libre al corazón del viejo São Martinho.

Sao Martinho dos Tigres (Ilha dos Tigres, Angola)

Sele en Sao Martinho dos Tigres (Isla de los Tigres, Angola)

Como no podía ser menos, el primer punto elegido para explorar fue la iglesia, probablemente el icono de la isla. Sus muros amarillos, amasado con conchas de mar y que no apagaban su tono ni en la cúspide de un torreón puntiagudo, advertían en latín que nos hallábamos en la casa de Dios (Hic Domus Dei). Pero allí no queda liturgia sino un gran vacío, el eco de las voces de los escasos visitantes que llegan hasta aquí, encargados de inspeccionar el altar, el púlpito, la vetusta sacristía y, por supuesto, subir a lo más alto del campanario con el objeto de contemplar los restos de una población abandonada.

Interior de la iglesia de Sao Martinho dos Tigres (Ilha dos Tigres, Angola)

Desde el campanario era fácil comprender la disposición de aquel municipio con una pista para avionetas en la calle principal y grandes casas sostenidas sobre pilares, auténticos esqueletos urbanos que se resistían de manera milagrosa, a un derribo inminente. Lejanas, las fábricas con sus chimeneas de ladrillo, habían cortado cualquier cuadro de diálogo con el futuro, como sus máquinas desengrasadas y oxidadas o las órdenes en silencio de un capataz imaginario.

Avenida principal con pista de aterrizaje en Sao Martinho dos Tigres (Angola)

Intentar acceder al hospital, a la casa de correos, a las viviendas más nobles, nos llevaba a un reguero de paredes desnudas desde las cuales se deslizaban sin cesar historias olvidadas sin palabras. Mientras los restos de las casas recuerdan que incluso en los lugares más extremos el ser humano intenta echar raíces, uno intenta ver algo más que montículos de arena devorando salones y cuartos vacíos donde un día hubo vida.

Antiguas casas en Sao Martinho dos Tigres (Ilha dos Tigres, Angola)

No me resultaba complicado imaginar una cena de Navidad, la emoción de una persona leyendo las últimas páginas de su novela favorita, el amor surgido entre las sábanas, conversaciones tensas, niños repasando la lección y el aroma de una olla de pescado. Tantas cosas, tantos momentos que se quedaron allí para siempre y que nadie recordará jamás, salvo mediante juegos de imaginación, en su mayoría fallidos. Y probablemente inútiles.

La arena se cuela por los edificios abandonados de la Isla de los Tigres (Angola)

Lo que un día fue una pequeña ciudad pesquera levantada frente al Atlántico no deja de ser hoy un escenario fantasma donde el silencio ha terminado imponiéndose a la vida. Las calles vacías, las fachadas derruidas, los armazones temblorosos de edificios abandonados emergiendo entre las dunas, como si el desierto del Namib hubiese tenido a bien reclamar lo que siempre le perteneció. La arena avanza en la isla sin prisa pero sin pausa, penetrando por los cristales rotos de ventanas hacia ninguna parte, llamando a las puertas, cubriendo el suelo y subiendo por las escaleras. Como si el tiempo se hubiese rendido hace demasiado ya como para permitirnos el lujo de inventarnos los de toda una ciudad.

Imagen de la Isla de los Tigres en Angola

São Martinho dos Tigres es más Tim Burton que el propio Tim Burton. Con su novia cadáver, su caracterización excéntrica y múltiples historias por contar de uno de esos lugares donde los amantes de los lugares abandonados llegan al éxtasis.

Sele en Sao Martinho dos Tigres (Angola)

Regreso a la base. Exploración en las dunas

Volver al campamento fue peor de lo que habíamos previsto. Olas que venían de costado tuvieron a bien ponernos a remojo cada veinte segundos aproximadamente, aunque no tanto como a la hora de desembarcar donde ni un centímetro de nuestro cuerpo quedó libre de agua salada con un embite para recordar. En un viaje como este, las bolsas estancas son realmente necesarias para poner a salvo las cámaras, teléfonos móviles o cualquier cosa que se desee proteger. O eso o quedarse sin material electrónico para todo el viaje a Angola, cosa que no suele venir bien en ningún caso.

Las dunas de la Baía dos Tigres desde el agua

Tras tocar la orilla y comunicar a la otra mitad del grupo que debíamos aplazar la segunda incursión a la isla, aprovechamos a comer “no exentos de ansia” lo que nos había preparado Luisa para aquel día que había comenzado a las cuatro de la mañana. Y aún no habíamos dado el primer bocado, que ya estábamos preparando una incursión vespertina a las dunas. Queríamos subir a lo más alto y admirar esa combinación mágica de desierto y océano que esconde este corredor tan maravilloso al que los namibios se refieren como Skeleton Coast.

Parte de nuestro campamento improvisado en las dunas de Baía dos Tigres (Angola)

Y así hicimos, con los pies sobre polvo, con ráfagas de viento traicioneras y un paisaje desértico que se sugería a sí mismo a través de montañas de arena danzantes capaces de mutar de forma sobre un territorio de puro impacto. Dunas desnudas, inmensas y silenciosas. Cofres dorados con la cerradura abierta que atesoran la memoria de una costa salvaje donde la vida se aferra a lo mínimo. Cuesta asimilar que aquel océano de arena dorada termina abruptamente frente a otro océano, el azul y poderoso Atlántico.

Sele en las dunas en Baía dos Tigres (Angola)

Muchos kilómetros de vacío nos contemplaban, lejos en cuerpo y mente de un mundo demasiado hiperconectado y cuyos latidos acelerados nos han sumido a muchos en una búsqueda constante de paz. Otra cosa no, pero de paz abunda el desierto. El remedio ante cualquier bucle existencial pasa por enterrarse de vez en cuando en tus propios pensamientos, romper los cables invisibles con la rutina y esquivar aspectos normativos y superfluos mediante el ejercicio de tallar una línea ininterrumpida de huellas sobre la arena. A veces, incluso, esa distancia llega a curar heridas.

Juan Luis caminando por las dunas en Baía dos Tigres (Angola)

El atardecer, como era esperado, reveló un paisaje aún más superlativo. De dunas rosadas y llamaradas sobre el horizonte marino, con el campamento a la espera de una noche estrellada con la vía láctea señalando nuevamente el camino. Los de Angola están entre los cielos más limpios y nítidos con que me he encontrado jamás.

Atardecer en las dunas (Baía dos Tigres, Angola)

La isla de los tigres (segunda ronda)

Las huellas de los chacales que se habían acercado a olisquear posibles restos de comida en el campamento, llegaban a la puerta misma de nuestras tiendas de campaña, sin bien ninguno nos habíamos enterado de su presencia. El relato impreso de su expedición fue borrado con nuestros propios pasos después del amanecer cuando la segunda mitad del grupo debía levantarse para cumplimentar la expedición a la isla de los Tigres que se había tenido que posponer el día antes por mal tiempo. Resultaba evidente que no había mal tiempo, pero la mar estaba más arrugada de lo que hubiéramos sido capaces de prever. Aún así, suficientemente estable para partir hacia São Martinho sin más demora. Y, aunque ya había acompañado a varios de mis compañeros con anterioridad, me ofrecí a regresar a la isla, pues me habían quedado algunas zonas para explorar y no podía desaprovechar semejante privilegio.

Campamento de dunas en Baía dos Tigres, Angola.

No nos habíamos subido a la lancha de Ricardo que ya estábamos empapados. Un mar picado nos puso en ciertas dificultades, necesitando mucho más tiempo para alcanzar la orilla, puesto que hubo llevar numerosas maniobras de aproximación. Pero ahí estaba de nuevo la iglesia de San Martín, esperando nuestras voces en su púlpito. Traté, además, de colarme en casas en las que no había podido acceder durante el día anterior. Quien me conoce ya sabe que soy un poco “Goonie” para este tipo de cosas y que me fascina trastear por lugares abandonados donde la decadencia escribe sus últimas líneas. La última vez había sido en la isla de Disko en el oeste de Groenlandia, en un antigua ciudad minera también abandonada conocida como Qullissat y a la que, para llegar, también la cosa requiere de paciencia. Pero ha habido hasta ahora otras más. Cómo olvidar, por ejemplo, Pyramiden, en el archipiélago noruego de Svalbard, donde tenía que acompañarnos un guarda ruso con rifle porque a veces los osos polares se cuelan en esta zona deshabitada de la que décadas atrás fuera una de las ciudades más septentrionales del planeta.

Ruinas de Sao Martinho dos Tigres (Ilha dos Tigres, Angola)

Aproveché a seguir indagando y documentando en casas sin techos, las calles invadidas por la arena y las estructuras corroídas por la sal. Un abandono que aquí no se considera ausencia, sino presencia desdibujada. Resulta curioso que en ese silencio tan denso, la isla no se siente muerta, sino transformada en un territorio entre dos mundos donde el tiempo ha decidido detener su avance para quedarse contemplando el océano.

Dunas dentro de una casa (Ilha dos Tigres, Angola)

Junto con Ricardo, algunos caminamos de más hacia el norte para adentrarnos al área donde permanecían las antiguas fábricas. Allí el abandono tiene la textura del óxido y la sal. Los esqueletos de lo que fueron plantas de procesado de pescado se alzaban aún frente al viento atlántico, con naves abiertas como heridas por donde entraba la arena sin oposición dejando a la vista algunas estructuras metálicas retorcidas que un día funcionaron. Allí, donde hubo actividad constante, gritos de trabajo y olor al aceite que engrasaba las máquinas, reflota un viento espeso capaz de atravesar el metal oxidado. Los viejos hornos se habían quedado detenidos en una jornada que nunca terminó, dejando a la vista la huella de una economía que intentó domar este litoral extremo pero que, definitivamente, terminó rendida ante su fuerza.

Interior de una de las fábricas de la Isla de los Tigres (Angola)

Rendido también estaba nuestro tiempo, que se prolongó más de lo que debía. Recordamos allí mismo que las puertas de la efímera pista por la playa, en el lado de las dunas, se iban a cerrar con o sin nosotros. Y, si seguíamos postergando nuestra partida de la isla, no podríamos salir de allí hasta, al menos, un día más tarde si la climatología no lo impedía. No andábamos demasiado preocupados al respecto, la verdad, dado que Ricardo tampoco parecía vérsele inquieto con el tema. Y él era el máximo interesado en llegar a su casa ese mismo día porque, aunque amaba su trabajo y todas y cada una de las incursiones que hacía en la isla, no tenía intención alguna de compartir una noche extra en el campamento dunas.

Fábricas abandonadas en Baía dos Tigres (Angola)

¡Corred, insensatos!

Un león marino saltó junto a la lancha en un abrir y cerrar de ojos, como apresurándonos a llegar. Minutos más tarde, con la ropa más húmeda que el piano de cola del Titanic, volvimos a nuestra playa, la de las dunas. Pero apenas quedaba gente. Estaba todo desmontado, uno de los coches ya no estaba y los gestos de quienes allí quedaban, como Pedro o Wilson, indicaban cierta tensión. Pensaban que nuestra tardanza se debía a que había sucedido algo bien en la isla o con la lancha durante la navegación y habían hecho partir a la otra parte del equipo para pedir auxilio a los guardas del puesto de Iona en el caso de que no apareciéramos en la próxima hora. Sin posibilidad de cambiarnos nos introdujimos con la máxima celeridad en los todoterreno, no habiendo un solo minuto que perder, ya que la marea estaba en pleno ascenso y su cierre total parecía próximo.

Pedro Cunha al volante y Sele de copiloto en Baía dos Tigres (Angola)

Con la sal del Atlántico haciéndonos cosquillas, nos enfundamos el traje de las grandes aventuras. Con gran velocidad fuimos siguiendo las rodadas que había dejado el 4×4 de Alexander con los integrantes que no habían ido a la isla en esta ocasión. Sus huellas empezaban a recibir la invasión de la espuma de un mar que se ganaba centímetro a centímetro y que no iba a esperar por nosotros. Otra vez nos encontrábamos en aquel pasillo oceánico, entre el muro de dunas y una alfombra de olas extendiéndose con lentitud pero sin demora alguna.

Carretera peligrosa de Baía dos Tigres, la cual estaba cerca de cerrarse con la subida del nivel del agua

De pronto, la nube negra de la ida, volvió a situarse como un auténtico enjambre de cormoranes pasando de un extremo a otro de la improvisada carretera arenosa. La escena de “Los pájaros” de Hitchcock se quedó corta ante la realidad de varios miles de aves abandonando las dunas para retirarse al océano justo a nuestro paso. Y todos al mismo tiempo. Nuestro vehículo se veía de repente en el en el interior mismo de una tormenta aviar en la cual , si no cerramos las ventanas, se nos metían dentro. Algún ave, arriesgando más de la cuenta su despegue, llegó a salir disparado contra las puertas. Debimos sobrepasar el minuto dentro del ojo de aquel huracán de picos amarillos y plumas negras que nos tenía bajo palio durante nuestra veloz huida.

Miles de cormoranes en Baía dos Tigres (Angola)

Tras los cormoranes fueron los leones marinos, y también uno de los chacales presentes en aquella costa singular, quienes hicieron acto de presencia en una carretera menguante donde las rodadas que Alexander había dejado hacía pocos minutos, parecían sucumbir a una pleamar inminente. Poco más tarde vimos la luz al final del túnel cuando el corredor fue ensanchándose y ganando metros hasta detener los vehículos, inundados de manchas del guano de los cormoranes, y poder decir que estábamos por fin fuera de la zona de riesgo, sanos, salvos y con la adrenalina por las nubes tras vivir una de las escenas más trepidantes de nuestra vida.

León marino regresando al agua

A quien no localizábamos en la salida fue a Alexander con parte del equipo. Supusimos debía estar en la garita de control del parque, aguardando para dar las indicaciones precisas de quienes podían no haber regresado de la isla de los Tigres. Así que, tras rendir una breve visita a Vanessa, el barco encallado en la playa, nos reencontramos con el resto del grupo precisamente allí, en las oficinas del parque nacional. Nunca olvidaré las caras desencajadas de algunas de las personas que nos esperaban como agua de mayo. En realidad, sin ser nosotros conscientes, su pensamiento siempre había rondado un mal suceso, bien que no nos hubiera dado tiempo no sólo a superar el corredor de las dunas o que no hubiésemos llegado a abandonar la isla. Incluso en alguna preocupante contrariedad durante la travesía en la lancha de Ricardo, quien llegó minutos más tarde como si nada hubiese pasado.

Con los coches en Baía dos Tigres (Angola)

Fue curioso cómo cada uno había convivido con pareceres tan diferentes. Mientras unos llegábamos extasiados por nuestra escapada frenética de la pista entre el mar y las dunas, otros habían fabricado un Titanic en su cabeza. Sin iceberg pero con un final similar. Pero, más allá del susto, allí estábamos todos juntos de nuevo. Con tiempo para, esta vez sí, quitarnos nuestra ropa empapada y salir dirección Tômbua, la primera zona habitada tras un inmenso territorio vacío. Allí ahogamos penas y risas sobre la mesa del Bar Virei, un punto de encuentro social, gastronómico y cultural dentro del viejo Port Alexandre, un pueblo de origen colonial donde la arena se colaba entre las calles garabateadas en spray con las efigies del Ché Guevara y Fidel Castro. Aquel restaurante, donde para servir los primeros platos de pescado requirió de casi dos horas, era un museo de Angola en sí mismo, con un montón de artefactos y artículos enmarcados en las paredes sobre uno de los países bien conocidos por su larga y cruenta guerra civil pero nada sobre la riqueza que atesora este recodo suroccidental de África donde aún se habla portugués junto a decenas de lenguas, danzan las máscaras tchokwe y corretean por la selva las últimas palancas negras del continente.

Calle en Tombua (Angola)

El vídeo de esta parte de la aventura

Aquí podéis ver en vídeo cómo es la isla de los tigres, pasear por las dunas y seguirnos en nuestra rocambolesca salida de la zona con la lengua fuera y los cormoranes recreando la película de “Los pájaros”.

Cañón de las colinas de Curoca, el valle de los espíritus

El río Curoca, intermitente y a veces esquivo cuando ofrece sus últimos coletazos por el Namib, representa un pequeño oasis de agua dulce en pleno reno de la arena y el salitre. Cuando la temporada de lluvias se anima en el sur más de la cuenta, deja sugerir un agradable oasis en mitad del desierto. Millones de años atrás, su curso impredecible desfiló por las hoy conocidas como colinas de Curoca, un valle rocoso donde los sedimentos y la arenisca son testigos de su presencia. La erosión quebró un territorio que para los antiguos mucuis representa el punto de encuentro de los espíritus de sus antepasados, los cuales acuden a su reencuentro en este paraje extraordinario de paredes de piedra capaces de enmascarar un sinfín de misterios en sus tonalidades rojas y doradas iluminadas por sol que pinta de manera impredecible su particular “valle de los espíritus”.

Cañón de Curoca (Red Canyon, Angola)

Tras dejar Tômbua nos dirigimos a las paredes espectrales y desoladoras de algo a lo que muchos se refieren con nombres diferentes. Colinas de Curoca, Valle de Curoca o de los espíritus, Cañones de Curoca, el Cañón rojo… Pero en aquel laberinto de desfiladeros y pareidolias no importa el nombre sino lo que permite sentir una vez se penetra en aquellas grietas esculpidas a base de eones y puro desgaste. Se trata de uno de esos sitios aún solitarios y desconocidos que, si estuviesen en otro país, habrían aparecido en decenas de películas y series de relumbrón. Pero que, al ser de Angola, un melón aún por abrir aunque cuyo sabor se antoja más dulce de lo previsible, continua con una quietud sobrecogedora esperando que sus escasos asistentes decidan perderse en su interior.

Cañón de Curoca (Angola)

Nuestra última noche en la provincia de Namib pedía a gritos una acampada como Dios manda en el corazón más profundo de aquellas colinas coloradas. No se me podía ocurrir mejor final a una etapa épica del viaje a Angola que dormir alrededor del fuego en aquel prodigio de rocas desnudas y caminos por tomar. ¡Y qué campamento quedó! Digno de las grandes ocasiones, de esas historias por contar junto a la hoguera.

Nuestro campamento en el Cañón de Curoca (Angola)

La noche nos llevó a explorar linterna en mano los recovecos de un paisaje anárquico definido por esculturas y sus sombras. Incluso sin luz artificial, no hubiese sido complicado dejarnos guiar por la nitidez resplandeciente de los vastos cielos estrellados del Namib rompiéndose en galaxias, nebulosas y planetas para alumbrar cada uno de nuestros pasos. Hubo un día en que las ciudades nos robaron las estrellas o, más bien, dejamos que nos las robaran como si no nos importara. En Angola, sobre todo en las zonas más áridas, se puede gozar de una oscuridad óptima y de nula contaminación lumínica, lo que le aporta al destino un don no menos importante que otros, como es ser garante y custodio de un portento de cielos estrellados, una lección magistral de Astronomía tanto para entendidos como para novatos incapaces de leer una sola constelación.

Mirando el cielo estrellado en el Cañón de Curoca (Angola)

El grupo, rodeando una hoguera alimentada a base de puro entusiasmo, dedicaba entre chisporroteos las últimas palabras dedicadas un día redondo que se había iniciado junto al mar y se clausuraba en un cañón con olas de piedra y silencio.

Hoguera en el campamento del Valle de Curoca (Angola)

Ya por la mañana, aprovechando un nuevo juego de luces sobre las paredes del cañón de Curoca, la mayoría continuamos explorando los acantilados con capas sedimentarias multicolor capaces de mutar con el más mínimo movimiento del sol. Cuando éste sobrepasó las paredes más altas, el calor empezó a rondar extremos. Señal más que suficiente como para abandonar las colinas y continuar con nuestro sendero hacia la vieja Moçamedes (Namibe).

Arco en el Cañón de Curoca (Angola)

Lagoa dos arcos

No muy lejos del área del cañón nos detuvimos junto a lo conocido como Lagoa dos arcos, otra zona popular para fotografías de arcos rocosos frente a un lago. Nos acompañó un miembro de la etnia mucui, quienes contaban cerca con un pequeño asentamiento, por lo que son los encargados de mostrar la zona a los visitantes. Se trata de un paseo de no más de diez minutos hasta una ventana abierta hacia una zona inundada donde, según Pedro, están empezando a acercarse aves migratorias. Él mismo así como los conductores angoleños que estaban con nosotros, tomaron fotos hasta la extenuación de lo que para ellos era anormal, pues nunca habían visto este lago con semejante caudal.

Lagoa dos Arcos (Angola)

Se trata de una visita rápida que con calor se hace algo más incómoda pero que merece la pena no saltarse.

Rastreo de Wewitschia Mirabilis, la planta milenaria del Namib

Antes de marchar al aeropuerto internacional Welwitschia mirabilis nos internamos por última vez en el desierto en busca, precisamente de la planta que le da nombre. Y es que, en realidad, hay pocos encuentros botánicos capaces de transmitir tanto como el de la Welwitschia mirabilis. En mitad de una esterilidad sólo aparente del desierto del Namib, cuando todas las razones invitan a sucumbir ante la más completa sequía, esta planta desafía cualquier lógica. Si bien durante nuestro recorrido fuimos descubriendo varios ejemplares dispersos entre la grava y la arena, no nos detuvimos hasta tener delante a uno de los más grandes y longevos de Angola. Contemplar su inmensa roseta de hojas retorcidas, moldeadas por el viento durante siglos, es asomarse a una auténtica reliquia viviente.

Junto a un ejemplar de Welwitschia mirabilis en el desierto de Angola

La Welwitschia no se puede definir ni como un árbol ni un arbusto, sino una de las plantas más singulares del planeta. Solo desarrolla dos hojas a lo largo de toda su existencia, que nunca deja de hacer crecer y que el tiempo desgarra y entrelaza hasta convertirlas en una maraña vegetal inconfundible. Algunos ejemplares, como el que nos pasamos un buen rato observando, superan ampliamente el milenio de vida, habiendo sobrevivido a cambios climáticos, tormentas de arena y largas sequías. Además, sólo crece en este desierto, tanto en la parte de Namibia como en el sur de Angola, aunque en este último es donde crece en mayor número. Frente a ella resulta inevitable sentir una profunda admiración por la capacidad de la naturaleza para adaptarse a los entornos más extremos, convirtiendo el desierto en el hogar de uno de sus mayores prodigios.

Provincia de Malanje: Pedras Negras y Cascadas de Kalandula

Tras un breve paso por Moçamedes y unas pizzas en el Redondinho Lounge Bar que nos supieron a gloria, este gran equipo, falto de una buena ducha, marchó directo al pequeño aeropuerto de la localidad que, como comenté antes, recibe el nombre de Welwitschia Mirabilis, si bien antes fue conocido por el del astronauta ruso Yuri Gagarin. Cosas de la influencia soviética que insufló aires de Moscú sobre las mismísimas arenas del desierto angoleño.

Aeropuerto Welwitschia Mirabilis en Moçamedes (Namibe), Angola

Un corto vuelo, de alrededor hora y media de duración, nos dejó en Luanda, aunque por apenas una noche. Nuestro objetivo era finalizar nuestro viaje a Angola por todo lo alto en la provincia de Malanje. Así que recargamos baterías como pudimos en el alojamiento más próximo al aeropuerto, lo cual nos evitaría al día siguiente tener que salir del centro de Angola con el atasco que se forma todos y cada uno de los días en la carretera principal.

Nuestros objetivos en Malanje consistían en llegar a Pedras Negras de Pungo Andongo, un área histórica cargada de simbolismo y poseedora de inmensas formaciones rocosas rompiendo un paisaje sublime, pernoctar en una antigua fazenda ganadera para, un día más tarde, llegar de mañana a las segundas cascadas más grandes de África, sólo superadas por las míticas Cataratas Victoria. Me refiero a las cascadas de Kalandula. Un lugar que merecía pasar una jornada completa y ponerle la guinda al pastel hospedándonos con vistas a una de esas maravillas de la naturaleza con las que Angola es capaz de sorprender a sus visitantes.

Mapa con la ruta de Luanda a la provincia de Malanje (Pedras Negras y cascadas de Kalandula)

Pedra Negras de Pungo Andongo, huellas en la roca de la reina Ginga

Se puede considerar un mal menor pero necesario el largo y tortuoso trayecto de carreteras en permanente obra con su respectiva colección de baches y socavones como cráteres capaces de dilapidar un asfalto casi inexistente. Y es que para ir hacia la provincia de Malanje a día de hoy no queda otra. Muchas de las personas que realizan esta ruta lo hacen para ir directamente a las cascadas de Kalandula olvidándose, en muchas ocasiones, de una de las panorámicas naturales más hermosas de este país como es la zona de Pedras Negras de Pungo Andongo. De ahí que dedicásemos una etapa más para poder no sólo vislumbrar sino también caminar por un paisaje que suponía un contraste radical con todo lo hecho hasta el momento dentro de Angola.

Carretera de Luanda a la provincia de Malanje (Angola)

Digamos que no se nos dio bien el camino para llegar, que por momentos íbamos más lentos que un río de mermelada, que cambiar dinero con un chino muy pirata nos paralizó más de la cuenta, pero los 350 kilómetros de trayecto supusieron alrededor de ocho horas. El premio se hizo esperar. Cuando, al fondo de una sabana verde y monótona, apreciamos cómo sobresalía un cúmulo incontable de monolitos de gran tamaño, apilados los unos sobre los otros y dibujando unas montañas grises sólo explicadas por un proceso de millones de años de erosión, pudimos valorar hacia dónde nos dirigíamos, dónde nos encontrábamos realmente.

Pedras Negras de Pungo Andongo en Angola

Estos gigantes petrificados son capaces de cicatrizar el horizonte con una muralla inexpugnable que se puede, o bien contemplar, o mejor aún, ascender mediante una red de caminatas que permitan descubrir de otra manera este conglomerado de rocas monolíticas donde. Algo que hicimos después de hacer una breve parada para comer el picnic que llevábamos con nosotros.

El grupo del viaje a Angola en Pedras Negras de Pungo Andongo

Dado que no íbamos sobrados de tiempo y que el anochecer nos alcanzaría más pronto que tarde, realizamos una pequeña marcha para disfrutar de las vistas de este parajes soberbio que acogió siglos atrás toda una capital del reino Ndongo de la cual no quedan restos sino historias. Y es que cada roca cuenta con una silueta distinta y muchas reciben nombres inspirados en aquello que evocan, mientras que la tradición local las envuelve en leyendas transmitidas de generación en generación. Entre ellas destaca la célebre huella impresa en las rocas que se atribuye a la reina Ginga, símbolo de la resistencia angoleña frente a la colonización portuguesa y considerada una heroína nacional para los angoleños, aunque su figura cuenta con demasiadas aristas como para comprender que más incertidumbres que certezas en esta figura histórica.

Pedras Negras de Pungo Andongo (Angola)

Panorámica de Pedras Negras de Pungo Andongo (Angola)

Con el atardecer llegó una poderosa tormenta eléctrica. Y nuestra retirada a tiempo para llegar a dormir a la Fazenda Kahombo, un alojamiento encantador en medio de una hacienda ganadera de la época colonial con más de 20.000 hectáreas. Llegamos, pero tarde, abandonando toda carretera para adentrarnos en caminos con poca o nula señalización y costando encontrarlo más de la cuenta, lo que sumó una pila de tiempo a un día ya de por sí cargado de trayectos. Nos esperaban con una suculenta cena, probablemente de las mejores de todo el viaje, que despejó los nubarrones de una jornada larga e intensa establecida para preceder a uno de los grandes momentos de nuestra andadura por Angola.

Las cascadas de Kalandula, uno de los paisajes más brutales de Angola

Partimos temprano (para no perder la costumbre) de nuestro alojamiento. Debo decir que, en otras circunstancias y con un mayor número de días de por medio, me hubiera gustado dedicar más tiempo a disfrutar de las instalaciones y parajes de la Fazenda Kahombo, donde uno elige entre ir en bicicleta, a caballo, salir a pajarear (eso del birdwatching suena muy pedante) o, simplemente, dejarse llevar en una burbuja de paz y confort en mitad de la sabana. Pero todo no se puede, así que lo mejor que podíamos hacer partir hacia las cascadas más famosas de Angola. Algo que nos llevaría alrededor de dos horas de viaje donde, una vez se toma la carretera principal de Cacuso, no nos desviamos a la población de Kalandula (a veces se ve escrito Calandula) sino a directamente a la Pousada Calandula*, único hotel junto a los saltos de agua y donde, sin discusión alguna, se observan las mejores vistas del que para muchos es la maravilla natural número uno de la antigua colonia portuguesa en el suroeste de África. De los tiempos de la colonia precisamente responde a que haya quien las conozca aún por su nombre anterior, Quedas do Duque de Bragança, aunque en este nuevo aperturismo angoleño el nombre de Kalandula resuena con tanta fuerza como cuando el río Lucala decide despeñarse en majestad para regalar a la vista un paisaje de impacto como éste. *Nota: Se puede ver escrito bien Kalandula o Calandula, usados indistintamente. 

Fazenda Kahombo en la provincia de Malanje (Angola)

Tras un recorrido lo bastante placentero como para malacostumbrarnos, nos agarramos a la realidad durante los últimos catorce kilómetros antes de alcanzar la pousada, donde sólo los poblados ambundu amenizaban un reguero infinito de baches. De fondo, lo que parecían columnas de humo respondían al vapor del agua de las cascadas. Me vino a la mente cómo se referían las tribus locales a cataratas Victoria, entre Zambia y Zimbabwe, por las que ya anduve en un par de ocasiones (y a las que volveré en un nuevo viaje de autor que llevaré a cabo a Zambia en agosto de 2027), a las cuales denominaban Mosi-oa-Tunya y cuyo significado es “el humo que truena”. En Kalandula aquel humo también tronaba de lo lindo. Una “tormenta perfecta” a la que nos fuimos aproximando cada vez más hasta llegar definitivamente a la pousada, el singular y pequeño hotel donde nos alojaríamos esa noche, desde donde tendríamos la primera visión de este pequeño gran paraíso de exuberancia en el corazón mismo de Malanje.

Casas de adobe de un poblado Ambundu camino a las cascadas de Kalandula en Angola

Hospedarse en la pousada, aunque a sabiendas de que hay que reservar con antelación y su precio es superior a la mayoría de hoteles angoleños, es el regalo que todo gran viaje a Angola merece, permitiendo disfrutar sin prisas y de distintos puntos de vista de las cascadas de Kalandula. Y no sólo eso. Dormir acurrucados por el estruendo acuático, un ASMR más natural imposible con los que relajarse, sin olvidar además, que todas y cada una de las habitaciones de la pousada, tienen vistas hacia el lugar (las mejores las de la primera planta, aunque las que dan al jardín tienen su punto también). Que nadie espere suntuosidad en cuanto a las instalaciones hoteleras. Los cuartos se caracterizan por su simpleza, aunque siempre se muestran bastante limpios y con las facilidades necesarias para sentir un buen confort. El lujo en este caso se explica a través del privilegio de hallarse prácticamente al filo de las cascadas y tener con la posibilidad a pura voluntad de admirarlas durante distintos momentos del día. A sabiendas además que no hay otro alojamiento en la que, repito, se trata del área con la visión más completa y sublime del gran icono de esa Angola aún desconocida que se va abriendo camino poco a poco.

Así se ven las cascadas de Kalandula desde el jardín de la Pousada Calandula (Angola)

Sin contar la terraza y el jardín como auténticos palcos de honor, mi consejo pasa por salir del hotel y caminar hacia los distintos miradores y puntos de vista desde donde aproximarse a las cascadas de Kalandula y observarlas en todo su esplendor. Apenas a cinco minutos existe un mirador estupendo (con un vallado de madera minúsculo, por lo que hay que tener precaución) donde obtener la panorámica más completa posible. Allí resulta evidente lo verdaderamente extraordinario de Kalandula. Que no reside tan sólo en sus 105 metros de caída, sino en la inmensa anchura de su frente, que supera los 400 metros.

Cascadas de Kalandula, una de las maravillas naturales que ver en Angola

El río Lucala, afluente principal del gran río Kwanza, no se precipita por un único canal, sino que se abre en una gigantesca herradura de agua convirtiendo el borde del acantilado en una cortina casi continua. Durante la estación de las lluvias y las semanas posteriores, cuando el caudal alcanza su máximo, miles de metros cúbicos de agua se desploman cada segundo, generando un estruendo que puede escucharse mucho antes de divisar las cascadas. Pero incluso en la época seca se ve radiante, por lo que merece la pena en cualquier momento del año.

El grupo en las cascadas de Kalandula (Angola)

Alicia Buil contemplando las magníficas cascadas de Kalandula (Angola)

El impacto del agua levantaba una nube vapor casi permanente capaz de envolver el anfiteatro natural creando un microclima propio. Gracias a esa humedad constante, las paredes de roca basáltica que rodean el salto permanecen cubiertas por una vegetación exuberante durante todo el año, formando una isla de selva tropical en la que helechos, lianas y árboles de gran porte prosperan al abrigo de la niebla. Una maravilla a la que acudimos todos. En mi caso mínimo cuatro veces a lo largo del día de llegada y la mañana siguiente. Me resultaba fácil quedarme embobado allí solo mirando el paisaje. Me parecía utópico poder estar admirando un espectáculo semejante sin un solo turista alrededor, convencido de que si las cascadas de Kalandula se situasen en otro país del mundo con mayor popularidad, sería una atracción número uno con miles de personas cada día, pasarelas, restaurantes y tiendas de souvenirs.

Sele en las cascadas de Kalandula (Angola)

Pero tan salvaje es Kalandula que, tras ese primer mirador, adentrándose por un corredor de selva, arropado por árboles gigantes, hiedras y lianas colgando por doquier, se alcanza el momento preciso donde el Lucala, abierto en distintos brazos, abandona su paz para precipitarse con vehemencia por un vasto anfiteatro. Pudiéndose sentar en las rocas y colocarse literalmente al filo del nacimiento de las segundas cascadas en tamaño de todo África. Y eso es mucho decir.

Sele en las cascadas de Kalandula (Angola)

También tomamos otro sendero corto a unas piscinas naturales donde una parte del lecho del Lucala se queda detenida. Allí es posible bañarse, aunque ninguno en ese momento nos dio por hacerlo. Creo que estábamos tan extasiados con lo que teníamos delante, que detenernos allí parecía algo incluso herético, prefiriendo continuar escudriñando ángulos de la cascada o disfrutando de semejante selva circundante donde el canto de los pájaros se plasmaba en decenas de sinfonías diferentes. Sin olvidar, además, mirar a las copas de vez en cuando pues, entre las muchas especies de aves presentes en la zona, destaca el turaco crestirrojo, sólo presente en Angola y caracterizado tanto por la cresta roja que le da nombre como por un plumaje verde metalizado que lo hace no pasar desapercibido. Y declarado, además, ave nacional de Angola. Aunque no se deja ver tan fácil. Sería como el quetzal en las selvas de Centroamérica, que se sueña pero que para observarlo hace falta un plus de insistencia y fortuna.

Dosel de selva en los alrededores de las cascadas de Kalandula en Angola

Para la tarde, después de comer en el restaurante del hotel, parte del grupo con las fuerzas e ilusión intactas, se embarcó en otra caminata. En esta ocasión no se buscó el objetivo de alcanzar panorámicas en altura sino acudir a la base misma de las cascadas y admirarlas desde abajo, a los pies de un Lucala ya descendido en sus primeros metros de paz tras de una caída brutal. Se toman muy buenas fotos aunque el chubasquero aquí se antoja imprescindible salvo que uno desee empaparse por completo. Aunque hay que decir que esto es parte de la experiencia, pero más vale proteger, aunque sea las cámaras, móviles y equipo electrónico, porque el vapor desprendido de la herradura de rocas llega a ser constante.

Otra perspectiva de las cascadas de Kalandula (Angola)

Regreso a Luanda y fin del viaje

Lo que vino a Malanje, de Malanje se marchó. No sin sus más de ocho horas de carretera haciendo la parada principal para comer en un restaurante de Lucala “O Quintal”, con una terraza maravillosa y un servicio espléndido y rápido.

Nos quedaría un día más en Luanda haciendo las últimas visitas como la del museo de la esclavitud, dedicar un tiempo (siempre insuficiente) a las compras en el mercado de artesanía que tiene justo al lado (me vine con dos máscaras tchokwe para la colección), hacer un último brindis junto a los manglares del río Kwanza y asomarnos al magnífico mirador de la luna (Sitios ya comentados al principio de este escrito en la parte de Luanda). Desde allí partiríamos hacia el aeropuerto a sabiendas no sólo de que terminaba un viaje a Angola realmente apasionante sino también de que, una vez más, nos habíamos dejado atrapar por un destino de los que quedan pocos.

Mercado de artesanía en Luanda (Angola)

Angola nunca abandonó su sonrisa para regalarnos una de las experiencias más genuinas en África, superando cualquier expectativa que lleváramos con nosotros. Pero tocaba despedirse, de ella y de un grupo al que siempre le pudieron las ganas, la ilusión y la necesidad constante de dejarse sorprender y de compartir momentos que se quedarán siempre en nuestro corazón. Así que este texto va dedicado a ellos, a Rosa, Josep María, Raquel, Mónica, Pepe, Raquel, Alicia, Marieta, Pedro, Nuria o Juan Luis. Gracias a su buen humor y talante, a su disposición, puntualidad, compañerismo y conseguir formar uno de esos equipos compactos con los que vale la pena compartir este y mil destinos más. Y, cómo no, a todos los partícipes de Muafrika, con Pedro Cunha, Wilson, Alexander y demás personal. Con Adrià llevando el timón desde España y sin el cual esto no hubiera sido posible.

Equipo del viaje a Angola en Luanda

TEST RÁPIDO CON CONSEJOS PARA VIAJAR A ANGOLA

Aquí tenéis una lista de preguntas y respuestas cortitas y al pie con información práctica y útil para viajar a Angola:

  • ¿Hace falta visado para viajar a Angola? → Para viajes de hasta treinta días no se requiere visado alguno. Eso sí, conviene revisar que el pasaporte tenga una validez mínima de seis meses (a contar desde el último día que se va a estar en el país) y portar la cartilla con la vacuna de la fiebre amarilla (para mayores de 60 años que no la tengan o no se las pogan, deben pedir un certificado al médico donde se especifique que están exentos por edad y/o razones médicas).

Aldea de Oncocua en Angola

  • ¿Qué aerolíneas vuelan a este destino? → Angola, con su principal puerta de entrada en el Aeropuerto Internacional de Dr Agostinho Neto en Luanda, es accesible a través de varias aerolíneas internacionales que operan vuelos directos o con escalas desde Europa o la propia África. La aerolínea nacional, Taag Angola Airlines, maneja tanto rutas domésticas como algunos internacionales, conectando con destinos como Lisboa u Oporto. También cuenta con vuelos diarios la aerolínea portuguesa TAP, con salidas directas desde Lisboa. El precio del billete, en función de la temporada u ofertas parte de los 750€ y hasta 1000€ se consideraría un precio normal para una ida y vuelta a este país. Pero, dada la inflación actual, ya no parece tan raro encontrarlos a un coste superior.Sele en Praia do Soba (Angola)
  • ¿Cuántos días son recomendables como mínimo para este viaje? → Para hacer una ruta en Angola como la especificada en este texto, hacen falta dos semanas. Lo mínimo si además de la zona de las tribus del sur se hace también el Namib y se añaden las cascadas de Kalandula. Hay tours más cortos donde no se añade alguno de éstos. Y si son más largos se puede acudir a la zona noroeste y acercarse a la cultura tchokwe, o prolongar estadía en el sur para hacer bien el Parque Nacional Iona llegando hasta el río Cunene o adentrarse en Malanje para buscar las últimas palancas negras gigantes (el antílope sable más grande que existe y que sólo vive aquí) en una expedición diferente. Lo mejor es que aún queda mucho por descubrir en Angola, donde el mapa se va coloreando año tras año con nuevas posibilidades.

Sele en el miradoruro da Lúa (Angola)

  • ¿Angola es un destino seguro? → Tras décadas de una guerra civil ya superada hace más de veinte años, se puede hablar que para una ruta como la especificada se trataría de un destino bastante seguro y tranquilo. Se deben evitar por lógica las zonas de musseques (favelas) dentro de Luanda así como informarse de algunas provincias de interior donde aún quedan minas antipersonas sin explotar (no entran dentro de ningún circuito o recorrido turístico). Debemos permanecer siempre atentos a las normas locales, respetar las tradiciones y a una población, por norma hospitalaria y amable, que permite que los visitantes perciban un ambiente muy relajado para el viajero. Como siempre, aconsejo llevar el mejor seguro de viaje (recomiendo IATI, con un descuento para seguidores de El rincón de Sele) con las mayores y mejores coberturas médicas posibles.

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  • ¿Es obligatoria alguna vacuna? → Sí. La vacuna contra la fiebre amarilla es obligatoria para entrar en Angola. A la llegada al país, las autoridades pueden exigir la presentación del Certificado Internacional de Vacunación o Profilaxis (la conocida “cartilla amarilla”), por lo que es imprescindible haberse vacunado al menos diez días antes del viaje para que el certificado tenga validez. Quedan exentas las personas que por edad o razones médicas, no les sea posible aplicar dicha vacuna, lo que requerirá que su médico emita un certificado o documento explicando la situación. Además de este requisito, es siempre recomendable acudir con suficiente antelación a un Centro de Vacunación Internacional, donde un profesional sanitario valorará las vacunas y medidas preventivas más adecuadas según el itinerario y la duración del viaje, teniendo siempre en cuenta la situación actual. Entre las vacunas habitualmente recomendadas se encuentran las de hepatitis A y B, tétanos-difteria, así como la triple vírica (sarampión, rubeola y parotiditis) si no se tiene el calendario vacunal actualizado. En determinados casos también puede aconsejarse una dosis de recuerdo frente a la poliomielitis, especialmente si se prevé una estancia prolongada o se procede de zonas con circulación reciente del virus.Otro aspecto fundamental es la prevención de la malaria (paludismo). La enfermedad está presente durante todo el año en la mayor parte de Angola, por lo que suele recomendarse realizar profilaxis antipalúdica mediante medicación prescrita por un especialista. A ello conviene añadir medidas para evitar las picaduras de mosquito, como utilizar repelente, vestir ropa de manga larga al amanecer y al anochecer y dormir, cuando sea necesario, bajo mosquitera o en alojamientos con aire acondicionado.

Mujer hakaona en su aldea de Oncocua (Angola)

  • ¿Se puede hacer por libre o por agencia?→ Viajar a Angola por libre es posible, por supuesto, pero presenta desafíos cruciales como carreteras en mal estado (o directamente inexistentes), un lamentabilísimo e ineficaz transporte público así como una logística compleja para acceder a los kimbos tribales o a determinados parques nacionales. Gestionar traslados en áreas remotas no sólo requiere tiempo o paciencia sino, sobre todo, un profundo conocimiento local y contacto directo con los sobas o jefes de la aldea. Los posibles imprevistos pueden frustrar incluso a los viajeros más experimentados. Optar por una agencia especializada con amplio conocimiento y experiencia en el destino sería la recomendación más honesta para aprovechar al máximo Angola, especialmente para quienes buscan una experiencia inmersiva y bien estructurada donde los riesgos se minimicen.

Vehículos 4x4 en el desierto de Angola

  • ¿Cuál es la mejor época del año para visitar Angola?→ La mejor época para viajar a Angola es durante la estación seca, que se extiende aproximadamente de mediados de abril a septiembre. En estos meses las temperaturas son más agradables, las lluvias son escasas y las carreteras, especialmente fuera de las principales ciudades, se encuentran en mejores condiciones para recorrer el país. Además, es el momento ideal para visitar lugares como el desierto del Namib, las cascadas de Kalandula o la zona de Oncocua. Entre junio y agosto, la costa se ve influida por la corriente fría de Benguela, que suaviza el calor y favorece la aparición de la característica cacimbo, una bruma matinal que suele disiparse con el paso de las horas. Aunque Angola puede visitarse durante todo el año, la temporada de lluvias, de octubre a últimos de marzo, puede dificultar los desplazamientos por algunas zonas del interior debido al estado de las pistas.

Juan Luis en las dunas de Baía dos tigres (Desierto del Namib en Angola)

  • ¿Existe algún código de vestimenta?→ Angola es un destino muy hospitalario con el turismo y carece de normativas estrictas respecto a la vestimenta permitida. No obstante, se aconseja vestir con tejidos ligeros para combatir las altas temperaturas (siendo vital la protección solar) y, a veces, utilizar la manga corta para limitar las picaduras de mosquitos, con especial atención al amanecer y al ocaso. En áreas boscosas resulta desaconsejable el uso de pantalones cortos si se pretenden eludir heridas, arañazos o ataques de insectos.

Sele en una pick up junto a chicas de la etnia Tua (Angola)

  • ¿Cómo tener internet en el móvil desde el principio?→ En estos momentos en Angola, un país con muchas zonas donde la cobertura o la red aún no llegan, las eSIMs generalistas no suelen ofrecer este destino. Lo más usual es hacerse in situ con una tarjeta SIM, bien en el propio aeropuerto o en distintos comercios, de la compañía Unitel (existe también Africell pero no alcanza muchas zonas aún) y, una vez instalada, comprar gigas de datos (son baratos, aprox 1 euro el gigabyte). Te dan una tarjeta tipo rasca y gana con un código que hay que introducir en el teléfono móvil cada vez que se desee recargar para tener internet. Las venden absolutamente en todas partes.

Grafiti en las calles de Luanda

  • ¿Organizarás más viajes a Angola con lectores de El rincón de Sele?→ Si bien Angola no entra en los planes de viajes de autor de 2027, nunca se sabe cuándo volveremos a hacerlo.  Para el año que viene seguro organizo en África tanto Zambia (agosto 2027) como Uganda y Ruanda (noviembre 2027). Si quieres formar parte de uno de los viajes que vayamos lanzando con esta temática (u otra), ponte en contacto conmigo.

Sele en una casa de Morondava (Madagascar) con una pintura de África

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VÍDEO RESUMEN DE 3 MINUTOS

Aquí finaliza el que probablemente haya sido el escrito más largo de esta web. El cual espero sirva a todas aquellas personas que desean viajar a Angola o profundizar en cuanto a conocimientos acerca de un destino que aún empieza a despertar de cara al turismo pero que promete grandes emociones. He vuelto absolutamente entusiasmado hasta el punto de poder afirmar que Angola ha sido uno de los países de África que más me han sorprendido. Y el cual recomiendo, sobre todo ahora, que todavía respira esos primeros aires de bienvenida propios de los lugares del mundo que aún están por descubrir.

Sele con el libro sobre Angola de MuAfrika

Mientras el avión despegaba de Luanda pensé que, en realidad, Angola no era un país que hubiese terminado de conocer, sino uno que apenas estaba comenzando a entender. Quedaban atrás las cascadas de Kalandula, las dunas infinitas del Namib, la emoción de alcanzar Baía dos Tigres, las conversaciones junto al fuego, las danzas muhila y tantos kilómetros de carreteras donde el mapa nunca contaba toda la verdad. Me marché con la certeza de que aún existen lugares capaces de sorprendernos de verdad. Y quizá ése sea el mayor regalo que puede ofrecer un viaje donde quiera que sea.

¡Salud y viajes!

Sele

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